Un fin de semana en las cunetas – Ponferrada 2014

Pasados los primeros días de la resaca de nuestro primer mundial a pie de cuneta, es hora de escribir unas líneas en las que compartir con vosotros algunas de esas vivencias y anécdotas que hemos tenido la suerte de vivir en un fin de semana inolvidable en tierras bercianas.

La aventura mundialista comenzó con nuestra particular contrarreloj individual. El viernes 26 nos dirigíamos a Ponferrada con el tiempo justo para llegar a presenciar las últimas vueltas de la prueba de fondo sub23. Tras un pequeño debate entre parar a verlo en algún bar de la carretera, por miedo a no saber o no poder acceder al circuito, o jugárnoslo todo a una carta e intentar llegar a algún punto de la carrera, decidimos que, ya que estábamos, deberíamos estar en la cuneta para comenzar el fin de semana de la mejor manera posible. Finalmente conseguimos llegar a la localidad de Montearenas, al pie de la subida a Confederación, y disfrutar de los últimos pasos de los corredores. No llegamos a ver el arreón de nuestro amigo Arkadiusz Owsian, que lo había intentado vueltas atrás, pero sí tuvimos ocasión de jalear el buen ataque del colombiano Brayan Ramirez. Tras el paso por la última vuelta, corrimos a ver el final en un hotel cercano. En ese lugar pudimos vivir una de esas imágenes con aroma añejo. La cafetería del hotel disponía de una televisión bastante pequeña y a baja altura, encima de una mesita, y alrededor de ella se agolpaban, de pie y sentados, muchos aficionados esperando el desenlace de la prueba, que brillantemente venció Bystrom. A la entrada en meta del noruego, se produjo una calurosa ovación entre los presentes. Seguramente pocos o ninguno de los que allí estaban eran noruegos o sabían algo de Bystrom, pero el ciclismo tiene esos momentos inigualables de grandeza y reconocimiento. Si tengo que quedarme con una sola escena de esa tarde, es la de un hombre mayor, vestido con ropas de ciclista y con una casquette vintage de Zappi’s, siguiendo con prismáticos y totalmente concentrado lo que sucedía en la televisión, que quedaba lejos de donde se encontraba sentado, impasible al bullicio a su alrededor. Acabada la prueba, en el camino hacia nuestro albergue en Molinaseca, vimos cómo los aficionados noruegos bañaban su alegría en abundante lúpulo. Terminamos el viernes con largas conversaciones ciclistas, como aquellas en las que un veterano asturiano instruía a un joven de Valladolid sobre la figura del Tarangu, o le contaba historias sobre Vicente López Carril. El fin de semana mundialista había empezado muy bien, pero aún quedaba mucho por delante.

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Foto: EFE

El sábado empezó muy pronto, pues queríamos ver el circuito antes de la salida de la prueba de fondo junior masculina, con la intención de buscar un buen sitio para vivir la prueba femenina de la tarde. El recorrido nos pareció algo más duro de lo que esperábamos por lo que habíamos leído y oído, así que pensamos que el Mirador sería un sitio perfecto para vivir las pruebas élite. Gracias al madrugón, pudimos acercarnos a ver la salida de la prueba junior, a la que llegamos siguiendo la voz inconfundible del mítico Juan Mari Guajardo. Tras la salida, nos dirigimos poco a poco, siguiendo las vallas del circuito, hacia el Castillo, donde planeamos seguir la carrera. Mientras nos dirigíamos allí, pudimos vivir la pasión de un grupo de sudafricanos que se dejaban la garganta animando a los suyos, o la frustración del brasileño Rodrigo Quirino, al que nadie era capaz de recolocarle la cadena que se le había salido en la segunda vuelta. Llegados al Castillo, constatamos el gran ambiente que había en esa zona, con aficionados de todo el mundo pasándoselo en grande en un marco incomparable. La locura de la prueba junior y la continua sucesión de ataques, nos hizo estar pegados a la pantalla grande que allí había para intentar situar la carrera en cada momento, y pudimos disfrutar de los intentos de españoles y colombianos de romper la carrera en el repecho del Castillo. Mientras el alemán Jonas Bokeloh esprintaba para proclamarse campeón del Mundo junior, nosotros nos apresurábamos hacia el coche para intentar llegar al Mirador antes de que se cerrara de nuevo el tráfico.

Afortunadamente conseguimos llegar al lugar propuesto, y nos situamos junto a la pancarta de final de la ascensión. En ese lugar las cunetas no eran muy cómodas, pues el bosque se había quemado y solo había tierra y ceniza, pero el sitio era inmejorable para ver la lucha por romper la carrera antes del rápido descenso a meta. Mientras esperábamos el comienzo de la prueba femenina, pudimos ver el paso de algunos profesionales masculinos que se preparaban para el día siguiente, como es el caso de los costarricenses Andrey Amador y Juan Carlos Rojas, que respondieron con simpatía a nuestro grito de “Pura Vida”. La carrera femenina estuvo marcada por una caída en las primeras vueltas que provocó que muchas corredoras tuvieran que sufrir mucho el resto del recorrido. Pudimos ver imágenes de puro ciclismo épico entre aquellas que, perdiendo contacto, se resistían a dar su brazo a torcer. Algunas imágenes se quedarán en nuestras retinas, como las de una de las lituanas luchando por llegar a meta con la cara completamente llena de barro y un corte en la nariz, o la de la gran Allison Powers, ovacionada por el público mientras sufría en la ascensión al Mirador, con esa mueca similar a una sonrisa que aparece a veces en el rostro justo antes de romper a llorar. El sol de las primeras vueltas dio paso a un fuerte chaparrón, que, afortunadamente duró poco pero puso la carretera peligrosa. A consecuencia del chaparrón, asistimos a la bonita estampa de un premonitorio arcoíris acompañando la ascensión del pelotón a las rampas del Mirador. Fue una auténtica gozada seguir los ataques de estrellas como Lizzie Armitstead o Marianne Vos y especular si el brillante cuarteto de las Vos, Johanson, Armitstead y Longo-Borghini llegaría a meta o sucumbiría ante el trabajo de las alemanas Trixi Worrack y Claudia Lichtenberger. Mientras tanto, el copiloto del coche escoba se convertía en una de las estrellas anónimas del Mundial, realizando un auténtico show que divertía a los aficionados en cada paso por la carretera. Cuando nos disponíamos a volver a Ponferrada, llegó la noticia de la victoria de Pauline Ferrand-Prevost, para alegría de un grupo de aficionados bretones que se encontraban frente a nosotros. Personalmente nunca había asistido a una prueba femenina de alto nivel, y acabé con una sensación de admiración y respeto por unas deportistas que, de manera injusta, se ven relegadas por el aparato mediático que acompaña al deporte masculino.

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Foto: @SkyCycling

Llegaba el domingo y el despertador nos recordaba que “a quien madruga Dios le ayuda”. Costó despegarse de las sábanas después de un largo sábado, pero el esfuerzo mereció la pena y conseguimos llegar de nuevo al Mirador para situarnos en el mismo lugar en el que el día anterior habíamos presenciado la carrera femenina. Nos quedaban por delante un par de horas hasta ver pasar a los ciclistas de la prueba élite masculina, pero se nos pasaron rápido dialogando de ciclismo con dos chicos burgaleses con los que entablamos una de esas efímeras amistades que surgen en carreras de este tipo. La constante lluvia convertía la cuneta en la que nos encontrábamos en un auténtico barrizal, pero eso no importaba cuando ya estaba a punto de empezar lo bueno. Los aficionados iban llegando y dando color a ambos lados de la carretera, con banderas asturianas, vascas, bercianas, extremeñas, españolas y belgas dominando en la zona. Durante las catorce vueltas al circuito pudimos vibrar con el ciclismo en estado puro, con ese plus de épica que aporta la lluvia, el barro y la niebla. Las primeras vueltas las protagonizaron la fuga de Polivoda, Kvasina, Savickas (siempre en cabeza al paso del Mirador) y el colombiano Quintero, que se llevaba las mejores arengas, y la cabalgada en solitario, perdido entre dos aguas, del griego Georgeos Bouglas, capaz de hacer ver el maillot de su país, del que era único representante. Por detrás, el coche eritreo se convertía en el más aclamado por los aficionados, y regalaba buenos momentos en la espera por el siguiente paso. Lo que sucedió posteriormente en el desarrollo de la carrera lo conocen todos, pero quiero quedarme aquí con algunas de las imágenes que no se ven en la tele. Es este el caso del joven austriaco Patrick Konrad, que, desesperado al romper la cadena y ver que ningún coche llegaba hasta él para asistirle, realizó la ascensión al Mirador a pie, ovacionado por los aficionados, y se lanzó en el descenso literalmente sin cadena; o el detalle de Dani Navarro saludando las banderas asturianas tras quedarse cortado después de estar en una de las últimas fugas del día. El héroe del día fue sin duda Michal Kwiatkowski, el más valiente y merecidísmo vencedor de un maillot arcoíris que empezó a ponerse con el trabajo de los Podlaski, Matysiak, Niemiec y compañía. Pero nuestro pequeño gran héroe de la jornada fue el japonés Miyataka Shimizu, que supo aguantar descolgado muchísimas vueltas, con un pundonor espectacular, para ser el único japonés en terminar la prueba, a más de veinte minutos del vencedor polaco. Tras la carrera llegó el momento de los análisis a posteriori, las críticas y las diferentes opiniones de unos y otros. Mientras tanto, los aficionados belgas que a nuestro lado habían llenado la carretera de pintadas y maillots de Gilbert, se retiraban con la cabeza gacha, al mismo tiempo que explotaba la celebración de los vencedores con la apoteósica fiesta que montaron los polacos al pie del Mirador.

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Foto: EFE

Llegaba así el momento volver a casa, con mucha fatiga por tres días largos e intensos, pero con la satisfacción y felicidad de haber disfrutado enormemente del fin de semana. Millones de razones nuevas para seguir amando un deporte que, a pesar de los palos que nos da algunas veces, nunca deja de emocionarnos y de hacernos soñar.

Escrito por:
@VictorGavito

1Comment
  • Jose antonio Cima
    Publicado a las 17:42h, 24 octubre Responder

    Muy bueno Victor.- Desconozco cual sera ó que deseas para el futuro; pero no descartes el relatar.

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