Tour 87′

Tour’87, el verano que cambió nuestras vidas.

Iba a ser un verano más, uno de esos insustanciales veranos impares en que el único consuelo que teníamos era que la selección de fútbol no podría decepcionarnos cayendo eliminada en cuartos de final de algún que otro Mundial o Eurocopa.

A mediados de la década de los ’80 el ciclismo en España era un circo intermitente que vivía sus días de vino y rosas allá por finales de abril y la primera quincena de mayo. La Vuelta a España había entrado en nuestras vidas con la fuerza de un tornado a principios de la década, cuando la televisión nos metió de lleno, con sus retransmisiones en directo, en el corazón de la carrera. El fenómeno adquirió pronto unas dimensiones hasta entonces desconocidas y jamás repetidas posteriormente. Durante tres semanas el país entero respiraba ciclismo y el pulso de los Arroyo, Lejarreta, Delgado, Gorospe o Pino era el de una nación al completo.

¿Y el Tour? El Tour bien, gracias. Después de haber sido protagonistas en la década de los ’60 (4 podios, 8 reinados de la montaña), los españoles habían ido alejándose de la Grand Bouclé con la discreción de una visita elegante. Poco a poco y sin que apenas fuese perceptible, nuestros ciclistas habían dejado de aparecer por Francia, al menos en los primeros puestos, convencidos de que ser cabeza de ratón a este lado de los Pirineos les salía mucho más rentable. Aquello alejó, de esa misma manera, progresiva y silenciosa, a los aficionados, que sólo mostraban un comedido interés cuando uno de los nuestros lograba la hazaña de llevarse una etapa.

Pero esta acomplejada dinámica había comenzado a cambiar en 1982, cuando el malogrado Alberto Fernández, al frente del Zor de Mínguez, había terminado en 10º lugar de la general final. Era el primer top10 de un corredor español desde 1978, cuando Galdós había concluido 7º. Un año después de este discreto reencuentro, el Reynolds de Echávarri, capitaneado por Arroyo y Gorospe, se convertía en el gran animador de una prueba dominada por un imberbe francés de pelo rubio y aspecto de profesor de instituto de la banlieue parisina: Laurent Fignon. Y si alguien, en el seno del equipo navarro, personificó ese papel de exótica atracción, de simpática pimienta, fue un joven segoviano que apenas daba sus primeras pedaladas en profesionales. Hablamos, claro está, de Pedro Delgado. Perico. El corredor que, cuatro años después, lo iba a cambiar todo, para siempre.

Un Tour sin patrón

La retirada el año anterior de Bernard Hinault, el último tirano de la carrera, unida al accidente de caza que casi le cuesta la vida al ganador de la edición de 1986, el norteamericano Greg LeMond y al bajo nivel de un Fignon mermado por las lesiones, había propiciado que en la salida de Berlín Oeste, pues aún existían dos Berlines, no hubiese un claro favorito y que en el aire se respirase el viento fresco de los nuevos tiempos, de los relevos generacionales.

Charly Mottet y Jean-François Bernard aparecían como los nuevos niños mimados del ciclismo galo, siempre dispuesto a devorar a sus hijos, como prueba el hecho de que el propio Fignon, tomando la salida, apenas contase para nadie como candidato al triunfo sólo tres años después de haber arrasado en su segundo triunfo. A ellos se les unía el irlandés Stephen Roche, sorprendente vencedor unas semanas antes del Giro de Italia, y la armada colombiana, con el flamante vencedor de la Vuelta, Lucho Herrera, al frente. Sean Kelly, uno de los corredores más completos de siempre, el norteamericano Hampsten, el suizo Zimmermann, el escocés Millar, el neerlandés Breukink o el mejicano Alcalá completaban la nómina de aspirantes en la que nadie se atrevía a apostar claramente por Pedro Delgado, al menos para la victoria final pues su 6º puesto en la general final de 1985, el año en que había ganado la Vuelta, parecía una buena credencial para por lo menos justificar su candidatura al podio.

En cualquier caso muchos nombres pero ninguno con el suficiente peso como para capitanear la carrera, como para asumir la jefatura de un pelotón al que además le esperaba por delante un recorrido que parecía más el delirio de un lunático que una carrera por etapas de finales del Siglo XX: 25 etapas más un prólogo para un total de 26 días de carrera, más de 200 kilómetros contrarreloj, 37 de ellos en una disparatada cronoescalada al Mont Ventoux, 7 etapas de montaña (2 en Pirineos, 4 en Alpes y la ya mencionada crono del Gigante de la Provenza) más otras 3 de media montaña. Nunca más veríamos un Tour de estas dimensiones colosales, nunca más recorridos por encima de 4000 kilómetros, nunca más casi cuatro semanas de competición.

¿Qué tal le va a los chicos por Francia?

A John Lennon se le atribuye una frase que es la delicia de los manuales de autoayuda y de los newagers fanáticos de los memes en la que venía a decir algo como que la vida es aquello que nos sucede mientras hacemos planes para otras cosas. Y lo cierto es que al bueno de John no le faltaba razón. Sirva como ejemplo lo sucedido en aquel lejano mes de julio de 1987. Mientras nuestros chicos se batían el cobre contra lo más granado del pelotón internacional en esas siempre convulsas primeras y llanas etapas de la Grand Bouclé, la vida continuaba plácida por aquí, inmersos en nuestros planes vacacionales. Del país vecino no nos llegaban más que breves apuntes, notas al pie de página que nos contaban que a Delgado no le había ido tan mal en la crono por equipos, donde sólo había perdido 41″ respecto al todopoderoso Carrera de Stephen Roche y Urs Zimmermann. Si se comparan con los casi 5′ que se dejó el BH de Mínguez o los casi 3′ que perdieron Lucho Herrera y Fabio Parra, la perdida parecía perfectamente asumible. Con todo el Tour por delante, 40″ era prácticamente un empate técnico. O eso al menos se pensaba entonces. Además, el notable rendimiento del equipo del segoviano parecía legitimar su fichaje por el PDM holandés a finales de 1985. Delgado estaba convencido por entonces de que para tener opciones en la ronda francesa era imprescindible estar en un equipo que le protegiese en esas torturantes etapas llanas de la primera semana. Y eso, a mediados de los ’80, era imposible de obtener en nuestro país.

El paso por los Pirineos dejaba a Delgado cuarto de la general, al borde del podio, convirtiendo aquel lejano rumor apenas perceptible en el eco de un estruendo. Algo estaba pasando en Francia. Algo que hacía mucho que no sucedía. De buenas a primeras empezamos a fijar la vista en algo que hasta entonces sólo habíamos contemplado con desinteresado desdén.

Pero no iba a ser hasta la jornada del 19 de julio, la de la terrible cronoescalada al Mont Ventoux, cuando el Tour por fin saltó de la sección polideportiva a las portadas de los diarios y cabeceras de telediarios. Para entonces la carrera ya había dado mil vueltas. Mottet, que antes de salir de Alemania, había dado un sensacional golpe de mano al conseguir filtrarse en una escapada-bidón camino de Stuttgart de la que saldría con 6 minutos de ventaja, iba a perder el maillot amarillo a manos de su compatriota Bernard, ganador de la crono y nuevo líder… después de haber estado al borde del K.O. en la etapa de Luz Ardiden. Herrera y Parra, por su parte, se habían dejado el Tour en la extenuante crono entre Saumur y Futuroscope sobre un trazado de ¡87 kilómetros! El Jardinerito había perdido 9′.

Lo que hizo saltar todas las alarmas y detener las rotativas fue el hecho de que Delgado acabase tercero en la montaña ventosa… por delante de Roche. Es cierto que el segoviano se dejaba 1’51” con Bernard pero quedaban cuatro días terroríficos en los Alpes y el joven galo había dado muestras de debilidad en los Pirineos. Por eso los inesperados 28″ que Perico le metió a Roche en la crono dispararon la euforia de unos aficionados que de repente se encontraban con que uno de los nuestros estaba desafiando a los más grandes. Con que uno de los nuestros no quería saber nada de los viejos complejos y estaba dispuesto a lucharle el Tour a quien se le pusiese por delante.

De perdedor romántico a irreverente campeón

Fueron cuatro días mágicos, emocionantes, disparatados, enloquecidos. Fueron cuatro días maravillosos que nadie de los que los vivimos podremos olvidar jamás. Cuatro días que cambiaron para siempre el pulso de un país que hasta entonces estaba más acostumbrado a convivir con la derrota romántica que con la gloria inmortal. Cuatro días que darían, por sí mismos, para explicar la gloria y miseria del ciclismo. Para explicar porque cuando el ciclismo es bello no hay nada más bello.

Camino de Villard-de-Lans, al día siguiente de la crono del Mont Ventoux, el Système-U de Mottet, Fignon y Guimard iba a montar una escabechina de proporciones bíblicas al atacar a Bernard en el avituallamiento. El líder ya había dado muestras de flaqueza antes con un ataque de Roche en el segundo puerto de la jornada. Cuando un francés no puede ganar el Tour la carrera entra en una nueva dimensión: evitar que gane otro francés. Estas luchas cainitas son casi tan viejas como el propio Tour y sería absurdo intentar decodificarlas. Francia y el Tour son esto también.

Al final del día Bernard había perdido casi 5′, es decir, se quedaba sin Tour. Por delante Delgado intentaba por todos los medios deshacerse de Roche, a esas alturas su único obstáculo camino de la gloria de París. No lo iba a conseguir pero  se hacía con la etapa y saltaba hasta el podio, quedando a 1’19” del irlandés, que era el nuevo líder. El tercero distinto en tres días.

Todo lo que Delgado supuso para una generación de aficionados se explica con lo sucedido en las dos jornadas siguientes: ataques desmesurados, sin medida, sin guardarse nada, apuestas definitivas. Perder con grandeza antes que esperar una gris victoria casual.

En Alpe d’Huez Delgado pudo sentenciar la carrera. De hecho hubo un momento en que parecía que lo iba a hacer. Herrera había atacado en el primer kilómetro de ascensión y Delgado no sólo había salido a por él, le había rebasado. En apenas 9 kilómetros de subida el segoviano ya aventajaba a Roche y Bernard en 1’40”. Pero eso fue todo. Porque lo cierto es que Perico no podía más, estaba exhausto y apenas logra mantener la ventaja que en meta era de 1’44”. Al menos le daba para ponerse de líder. Y quedaba La Plagne. Y Joux Plane.

Bahamontes, Ocaña, ¿Delgado?

14 años fueron los que transcurrieron desde la victoria de Bahamontes a la de Ocaña y 14 años eran los que habían transcurridos desde la victoria del conquense. Delgado, además, portaba el dorsal 51, según la mística del Tour, el número de los campeones. Y además, la leyenda decía que quien salía de líder de Alpe d’Huez acababa ganado el Tour.

La prensa nacional y con ellos los aficionados habíamos enloquecido, se recurría a la numerología, a la mística, a la alineación de las estrellas y hasta a los posos del café. Todo el mundo creía leer signos en los sitios más insólitos de que Delgado iba a ganar el Tour. De que un segoviano de sonrisa pícara y carácter indomable iba a someter a nuestros altivos vecinos. Se interpretaban todas las señales posibles menos unas: las que la propia carrera mandaba. De esas nadie quería saber. No lo digas para que no pase le gritaba Ana, la protagonista de Los amantes del Círculo Polar a su madre cuando ésta le va a contar que su padre ha muerto. No lo cuentes para que no pase.

Perico quiso repetir la maniobra de Alpe d’Huez al día siguiente, en La Plagne. Su furibundo ataque a pie de puerto detuvo el tiempo, el corazón de un país que durante 15 kilómetros contuvo la respiración y apretó los dientes frente a la televisión. Cafés fríos, siestas interrumpidas, comercios cerrados, bares y chiringuitos de playa repletos de gente con la cabeza girada hacia el televisor. Una sensación de comunión absoluta que hasta entonces sólo era capaz de ofrecer el fútbol. Eso, y nada más, fue Perico: el estandarte irreverente de un país que ansiaba saltar de los años de oscuridad al futuro negado.

Pero era Perico. Con sus virtudes, muchas; y con sus defectos, algunos y siempre tolerables. Era Perico y eso quería decir que cualquier cosa podía pasar. Cualquiera. Y en este día lo que sucedió fue que Delgado iba a entrar en crisis a cinco kilómetros de la cima. Y la ventaja que minutos antes le iba a dar el Tour se iba a evaporar hasta quedar reducida a nada. A 4 segundos escasos que serían 14 después de que Roche fuese sancionado por avituallamiento indebido. Un Roche que nada más cruzar la meta caía al suelo exhausto y necesitaba oxígeno. Así era pelear con Delgado. Así fue ese Tour: morir o matar.

Perico acabó perdiendo aquel Tour, todo el mundo lo sabe. Fue en la crono de Dijon, a la que llegó con apenas 18″ de ventaja después de ser incapaz siquiera de intentar descolgar a Roche y de perder tiempo en el descenso. De Dijon salió a 40″. Uno menos de lo que había perdido en la crono por equipos casi cuatro semanas antes.

Aquel 26 de julio, en el podio de París, Delgado iba a empezar a ganar el Tour de 1988. Había aprendido lo que tenía que hacer. Y había aprendido lo que no. Completamente abandonado por su equipo en la mayor parte del Tour, Perico iba a volver a Reynolds para la temporada siguiente donde entre otros, iba a rodearse de sus viejos camaradas, los Arroyo, Gorospe, Laguía… y de un joven navarro, Miguel Indurain.

Cambio de paradigma

Pero el Tour’87 no sólo fue trascendental en la carrera de Perico Delgado porque le demostrase que podía ganarlo. Fue igualmente capital en el ánimo de los aficionados que durante algo más de una década habían contemplado con recelo la carrera francesa, priorizando en su ánimo la Vuelta a España. Nunca más volvió a suceder algo así.

A partir de 1988 el Tour se convirtió en la carrera fetiche del ciclismo español y eso engloba no sólo a corredores. Directores, periodistas y aficionados convirtieron la ronda francesa en la vara con lo que medirlo todo. Tras la victoria de Delgado llegaron los 5 Tours de Indurain y cuando parecía que la historia nos relegaba de nuevo a un papel secundario llegaron Pereiro, Sastre y Contador, este en tres ocasiones, si bien fue desposeído del último, para convertir a España en el país con más victorias en la general final de la ronda francesa en estas tres décadas. Diez victorias en 30 años cuando hasta 1987 se habían conseguido 2 en 84 años. Un cambio de paradigma cuyas raíces hay que buscarlas en aquellas inolvidables tardes del mes de julio de 1987.

Aquellas inolvidables tardes del verano que nos cambió la vida.

3 comentarios
  • Wilson Vargas
    Publicado a las 22:35h, 25 junio Responder

    Hermoso relato, felicitaciones !!!

    • Gustavo Perez
      Publicado a las 23:36h, 25 junio Responder

      “cuando el ciclismo es bello no hay nada más bello”

    • Sergio
      Publicado a las 17:22h, 27 junio Responder

      Gracias, Wilson!! Me alegro de que te haya gustado!!

      Saludos!!

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