Sestrieres 92′

Sestrieres 92′: La mayor hazaña de aquel diablo.

Es difícil no haber oído hablar de aquel día de julio de 1992 siendo aficionado al deporte de la bicicleta. Aquellas jornadas de madrugar para ver la etapa del Tour de Francia desde el inicio de la misma nunca tuvieron tanta magia como en aquellos primeros años de la década de los noventa. Mucho podríamos debatir respecto al kilometraje o al desnivel acumulado de las etapas de montaña, principalmente las alpinas, que se programaban en esos tiempos en la Grande Boucle, tanto a favor como en contra de los mismos, lo que es indudable que días como aquel en que la caravana de la carrera francesa cruzó la frontera con Italia para inundar Sestrieres de puro ciclismo se olvidan difícilmente. Probablemente no vamos a sacar a relucir nada que no se haya dicho o escrito anteriormente sobre esta magistral jornada, sin embargo, cuando se cumplen veinticinco años de la que puede ser la mayor gesta ciclista de los tiempos modernos en el Tour de Francia, entendemos que es momento de recordar lo acontecido y retroceder hasta el 18 de julio de 1992 en aquel caliente asfalto de las carreteras de los Alpes.

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En 1952 toda Italia estaba presente de una forma u otra en la estación alpina de Sestrieres. Allí se presentó en solitario Fausto Coppi, ese hombre solo al commando, ídolo y faro de una nación que se levantaba después de una cruenta Guerra Mundial. Apenas se puede estimar la inmensa cantidad de italianos que ese día acompañaron a Fausto en los kilómetros finales de su gesta hasta la meta de Sestrieres. Cuarenta años después en el mismo escenario, con la estación invernal sumida en un centro comercial en las alturas, con las majestuosas montañas como testigos silenciosos e inalterables y hordas de Tiffosi abarrotando las cunetas se repetía la historia. Otro italiano dejaba su impronta en esta llegada en Italia del Tour de Francia. Otro recital, otra gesta, esta vez de apellido Chiappucci y de nombre Claudio. El combativo ciclista del conjunto Carrera ya era bien conocido en el pelotón internacional, el año anterior precisamente en el Tour de Francia, había puesto en jaque la carrera en la jornada de Val Louron y en 1990 ya había subido al podio de París. En esta ocasión la escapada fue más que maratoniana y llevó al corredor transalpino a recorrer en solitario nada menos que 226 kilómetros.

A primera hora de la mañana en Saint Gervais, en plena Alta Saboya, los integrantes de la caravana del Tour de Francia eran conscientes de que había llegado el día, a priori, señalado. Tan solo con mirar el perfil de la etapa se estremecía el cuerpo de más de uno. Hacia décadas que el Tour no albergaba en su recorrido algo similar, con tanta dureza y desnivel acumulado teniendo en cuenta además que fue la decimoctava etapa de aquella edición de 1992. Más de 250 kilómetros distribuidos en cinco puertos puntuables y un eterno subir y bajar, una etapa de las que difícilmente volveremos a ver en la actualidad ni posiblemente en el futuro. En una jornada como esa los nervios están a flor de piel y los primeros instantes en ese primer puerto de salida suelen servir para formar una escapada a menudo consentida, los llamados a luchar por la general esperan con calma tensa la segunda mitad de la etapa o incluso la subida final donde debe decidirse todo. Esto es sobre el papel el guión establecido en la mayor parte de ocasiones. A Claudio Chiappucci ni se le pasaba por la cabeza aceptar esto ultimo. Ningún integrante del pelotón daba crédito al ver que cuando apenas se llevaban recorridos 28 Km. el ciclista del Carrera ponía tierra de por medio en el falso llano de Arcaniere, dentro de la ascensión al  Col de Saises. El vencedor de la anterior edición del Tour, Miguel Indurain como de costumbre, apenas se inmuta con el ataque de Chiappucci y tampoco parece hacerlo su compatriota y gran rival Gianni Bugno. El liderato marcha en esos momentos a la espalda del francés Pascal Lino que sabe que está ante sus últimas horas de amarillo.

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Ni Virenque, ni Kelly, ni Conti por citar a algunos de los ilustres que contactaron con la cabeza de carrera, pudieron seguir el ritmo del italiano, al cual alcanzaron pero sin éxito para aguantar tras su rueda. Claudio Chiappucci solo tenía un enemigo esa tarde camino de Sestrieres, él mismo. Pedalear en solitario puede ser duro, pero lo es mas sabiendo lo que llevas en las piernas y lo que te queda, psicológicamente se puede convertir en una autentica tortura si no sabes gestionarlo. Indurain y Bugno se marcan férreamente por detrás aunque el navarro da síntomas de absoluto control, mientras tanto el líder Lino coge unos metros que no inquietan a nadie. Lemond y Leblanc por detrás ya han reventado, el americano se va a dejar en meta casi cincuenta minutos y su carrera profesional toca a su fin, la jornada está siendo apoteósica, de las que se recordaran siempre, unos mejor que otros. La diferencia del Diablo, apodo por el que es conocido Chiappucci generalmente en Sudamérica, aumenta en vez de ir menguando como hubiese sido lo normal tras una cabalgada de estas características. No es hasta los kilómetros finales de la ascensión a Mont Cenis cuando Gianni Bugno toma las riendas y se lleva al español de Banesto a su rueda, en ese momento comienza el ciclista cabeza de carrera a arrojar paulatinamente los segundos. En ese vertiginoso descenso se pasa la frontera entrando en territorio italiano y  ya solo queda el asalto a Sestrieres ante una multitud enfervorizada que espera impaciente la llegada del héroe.

Con el maillot de lunares de líder de la montaña a la espalda  se abre paso Chiappucci en las suaves rampas que llevan a la estación invernal. Por detrás Indurain que se ha zafado de la vigilancia del correoso Bugno en su persecución. El navarro también sufre y pierde en los últimos metros la segunda plaza en beneficio de otro italiano Franco Vona. Pero esa tarde en Sestrieres solo se habla de la hazaña de Claudio Chiappucci. El ciclista de Carrera llega a meta con buen pedaleo pero destrozado por la fatiga y el cansancio que imprimen en su cuerpo casi ocho horas consecutivas encima de una bicicleta. Según cuenta una escatológica leyenda, no tan difícil de creer, se llegó a hacer sus necesidades encima durante el transcurso de aquella jornada. El ciclista nacido en Uboldo nos regaló aquel día de julio una de las hazañas más inolvidables de la historia de nuestro deporte. Veinticinco años después sigue viva en las retinas de los apasionados al ciclismo. Como anécdota y para resumir una etapa de tal magnitud quedan las palabras de Fernando Quevedo corredor aquel día  del conjunto Seguros Amaya, al cruzar la línea de meta rozando el fuera de control “Esto es insufrible, no puede haber nada más duro. Si le cambio a Jesucristo la bicicleta por la cruz me devolverá la bicicleta y se llevará tres cruces para compensar”

 

3 comentarios
  • Juan Manuel Padrón
    Publicado a las 08:26h, 26 junio Responder

    Nunca fue santo de mi devoción pero recuerdo esta etapa como si fuera ayer y el carrerón que se pegó. Su mirada, desde mi pronto, aseguraba el éxito final. Etapón del “diablo”.

  • Juan Manuel Padrón
    Publicado a las 08:27h, 26 junio Responder

    Gracias por recordar porque como dice el dicho: “recordar es volver a vivir”.

    • Alberto Diaz
      Publicado a las 17:57h, 27 junio Responder

      Muchas gracias por leerlo! Me alegro mucho de que te gustara. Fue una jornada inolvidable sin duda. Un saludo

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