Relatos ciclistas – Despedida en el olvido (III)

Puedes leer aquí la segunda parte…

Aun así, nunca se nos pasó por la cabeza la idea del aborto. Y siempre nos hemos alegrado de ello. Porque Andrea ha tenido una buena infancia junto a una madre entregada y un padre que aparecía de vez en cuando, pero le daba todo el amor que podía, aunque fuese a distancia. Me tiré toda la temporada celebrando cada victoria con un chupete en la boca. Siempre lo llevaba preparado en los mini bolsillos traseros del maillot. Cuando veía que iba a cruzar la meta primero, me levantaba sobre la bici, me abrochaba el maillot para que se viese bien claro nuestro patrocinador y sacaba el  chupete para llevármelo a la boca. Me gustaba. De alguna manera, hacía que  mi  niña  estuviese  conmigo,  y  fuese  parte  de  la  alegría  que  sentía  en  ese momento.

Sabía que eso no era suficiente. Andrea no ha tenido nunca un padre normal, como las demás chicas de su edad. No tenía un padre que estaba allí cuando ella se ponía mala. No tenía un padre para llevarla de paseo al parque. Ni si quiera tenía un padre que la cogiese en brazos cada vez que rompía a llorar. Me perdía casi todas sus primeras veces, la primera vez que gateó, su primera palabra, la primera vez que fue a la guardería, la primera vez que fue a la piscina y se bañó… Pero por más que escriba esto, mi sentimiento de culpa no va a irse y me arrepentiré el resto de mis días, aunque sean ya pocos. No he sido un buen padre para ella. No el que se merecía.

Como ya he dicho, o sea, escrito, los meses después de aquel maldito día en que saltó la noticia de mi presunto dopaje, era tan mala compañía que Carla optó por alejarse de mí, y llevarse a Andrea con ella. Lo único que sentía por dentro era rabia  e ira hacia ella en ese momento. Ahora sé que fue lo mejor para todos, que apartase de mi lado a Andrea y así no tener un mal concepto de su padre. O al menos, no tan malo. Quiero pensar que sin ella de por medio, Carla hubiese seguido a mi lado, aun fuera de mi sano juicio, apoyándome hasta que me recuperase y poder seguir luego nuestra vida.

Estaba solo, sin familia, sin amigos, solo mi abogado se acercaba a mí, y por interés. Una noche, acabé en comisaría, con media cara hinchada y sangrando por la ceja, tras una pequeña pelea en un local. No veo muy claro lo que pasó aquella noche pero mientras echaba otra de mis sesiones en la barra (acaba saliendo más caro que un psicólogo, y más dañino), entraron unos tipos que me reconocieron al instante y empezaron a hacer comentarios, o eso creo recordar. Cuando la gente lleva unas copas de más, le da por hacer cosas que no haría en estado sobrio. Unos se abrazan con todos los que tiene alrededor, otros empiezan a filosofar sobre la vida, otros se ponen violentos a la mínima, e incluso los hay que se dan cuenta de que les sobra ropa y empiezan a quitársela dando un espectáculo ridículo que avergüenza a sus acompañantes. Yo era de los que se volvían algo agresivos y eso acabó deparando en que,  acto  siguiente,  acabase  tirado  en  la  calle,  sin  apenas  poder  moverme.  Me imagino que el camarero llamaría a la policía cuando empezó el jaleo. Poco tardó la prensa en hacerse eco de la noticia,  y mi cara,  saliendo  de  la  comisaría  al  día siguiente, apareció en todos los periódicos nacionales e internacionales.

A mi abogado no le sentó muy bien mi noticia de que no iría a juicio y aceptaría la sanción. Él sabía que eso le impedía seguir sacándome el dinero. Después de media hora intentando convencerme con mentiras que ni él mismo se creía, acabó por resignarse y se marchó dando un portazo y sin despedirse. A los pocos días me mandó su minuta por fax.

Empecé a ir a reuniones de alcohólicos anónimos y, con mucha fuerza de voluntad, fui dejando la bebida. Tampoco fue un periodo fácil, pero ni era, ni sigo siendo una persona con vicios. Si bebía no era porque tenía esa necesidad imperativa que tienen todos los alcohólicos de beber, era solamente porque quería olvidar lo que pasaba a mi alrededor. Y el alcohol me ayudaba a ello.

Continuará…

Historia escrita por:

Víctor Teomiro Peromingo

@VictorTeomiro
Recordamos que está historia no es real, ni tiene referencias a ningún ciclista conocido. Escrita en su totalidad por Víctor Teomiro Peromingo. 
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