PETER SAGAN, un bien necesario

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Tiene cierto aire de estrella del rock, quizás incluso más que de ciclista. Y no sólo por esa larga y cuidadosamente descuidada melena que se ha dejado en los últimos meses. Tampoco por esa perpetua expresión de indolencia en su rostro que parece estar pidiendo unos pocos minutos extras para terminar de despertarse de la resaca de la última fiesta antes de poder atender a los medios como es debido. Sus excentricidades dentro y fuera de la carrera, desde celebrar una victoria parodiando a Forrest Gump a “aparcar” su bici en la baca de un coche sin bajarse de ella pasando por sus caballitos, le convierten en una figura absolutamente singular dentro de un deporte cada vez más sometido, como por otra parte sucede en prácticamente todos los ámbitos de la vida social, a la tiranía de lo políticamente correcto. Capaz de montar un revuelo de dimensiones bíblicas y connotaciones sexistas por pellizcarle el trasero a una azafata en el podio del Tour de Flandes en 2013 y de presentarse unos días después, ante la misma azafata, en el podio de Scheldeprijs, con un ramo de flores y una caja de bombones a modo de disculpa, la dimensión mediática de Peter Sagan ha ido creciendo casi en paralelo a su dimensión ciclística.

De este Sagan ciclista hay poco que decir que no esté dicho ya. Con 20 años recién cumplidos irrumpió en el ciclismo de manera estruendosa, consiguiendo 2 etapas en la París-Niza de 2010 y desde entonces ya nunca volvió a pasar desapercibido. Esa misma temporada volvió a levantar los brazos en California y Romandía. Era por entonces un corredor con unas condiciones fabulosas para el sprint que además parecía pasar con cierta facilidad los muros. Un híbrido entre sprinter y uphillfinisher que amenazaba con poner el mundo a sus pies, algo que hizo en octubre de 2015 cuando, prácticamente sin selección, conquistó el Mundial de Richmond. Para entonces Sagan había madurado en todos los aspectos, incluido en el más difícil de todos cuantos puede afrontar un deportista: el de la derrota. Su interminable relación de segundos puestos en las dos últimas temporadas le había ayudado a cultivar una imagen de perdedor romántico que le hizo ganarse más simpatías aún entre los aficionados que cuando apenas era un imberbe e irreverente mozalbete que parecía obviar cualquier jerarquía. De rebelde sin causa a héroe caído. Y por el camino Sagan fue puliendo su forma de correr sin renunciar a ese espíritu irredento, ingobernable que siempre le ha caracterizado. Porque Sagan podría haber elegido, como han hecho tantos otros, engordar su palmarés a base de permanecer en un discreto segundo plano, dejando que otros hiciesen y esperando su oportunidad para finiquitarles con su extraordinaria punta de velocidad. Pero no, Sagan eligió el riesgo y a menudo ha dilapidado sus opciones renunciando a pírricas victorias a cambio de gloriosas derrotas. Y es que el eslovaco es de los pocos ciclistas que, como decía el futbolista brasileño Sócrates, parece correr para que le recuerden.

Y qué decir del Sagan mediático. Aquí sí que estamos ante un corredor absolutamente único y por ello mismo aún más imprescindible. Porque el ciclismo no puede obviar, por mucho que le pese a sus seguidores más fundamentalistas, que necesita de un alto componente de espectáculo para sobrevivir, entendido éste en su vertiente más lúdica y comercial. En un mundo donde la oferta de ocio y diversión se multiplica ad infinitum no aceptar que tu producto es precisamente eso, un producto, y que como tal tienes que ser capaz de venderlo para sobrevivir, es la muerte. Y es aquí donde figuras como la de Peter Sagan resultan del todo indispensables, un corredor que trasciende su dimensión deportiva para convertirse en una estrella de los mass media con sus extravagantes ocurrencias, como la de grabar, junto a su mujer, un vídeo parodiando la escena final de la película Grease. Esta dimensión del corredor de Tinkoff es una mina de oro publicitaria para cualquier patrocinador y, por extensión, para el propio ciclismo, que necesita de figuras así para intentar asomar la cabeza entre tanta oferta de entretenimiento y sobre todo para ofrecer otra cara, mucho más amable, que la que los escándalos del pasado le han dejado.

Puede que a los más puristas seguidores del ciclismo la figura del eslovaco les genere cierto rechazo, ya sabemos que la ortodoxia suele casar mal con la subversión, pero hay algo que ni ellos podrán negar: Sagan está aquí para salvar al ciclismo. Y puede que no sea el corredor que el ciclismo merece pero sin duda que es el corredor que el ciclismo necesita. Un bien absolutamente necesario.

Escrito por:
@SespadaM

 

1Comment
  • Jon
    Publicado a las 00:11h, 05 abril Responder

    Me encanta Sagan. Que grande y loco genio.

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