Paris Roubaix 2018: la crónica de lo que iba a ser

Esta crónica iba a ser la crónica de la primera Roubaix en más de una década que se disputaba sin que la alargada sombra de Fabian Cancellara o Tom Boonen y su “manada de lobos” condicionasen por completo el desarrollo de una carrera que, entre ambos, habían tiranizado, consiguiendo siete de los trece últimos adoquines entregados en el Velódromo.

Esta crónica iba a ser la crónica de la inmensa y absurda paradoja que supone que durante una semana, aficionados y corredores miren casi más la previsión del tiempo que las innumerables previas que pueblan las mejores páginas especializadas en ciclismo con la disparatada contradicción de que mientras los profesionales rezan por días despejados y secos, los fans suplican por lluvia y barro porque 55 kilómetros de piedras desparramadas les parecen poco desafío.

Esta crónica iba a ser la crónica en la que hablaríamos del arrojo de un joven corredor catalán llamado a grandes conquistas en el mundo del ciclismo pero no precisamente a ser un virtuoso sobre el pavés. La crónica de un Marc Soler, alto y espigado, que en marzo se apuntó su primera Niza y que ayer se metió en la “fuga buena” y se dio el gusto de pasar en cabeza el bosque de Arenberg justo una semana después de que Cortina lo hiciese por el Kapelmuur y el Viejo Kwaremont. Nuestros chicos ya saben de la mística de estas carreras mucho más que sus mayores. Y eso, se mire como se mire, es una buena noticia.

Esta crónica iba a ser la crónica en la que hablaríamos del amor prohibido que ha sido durante toda esta década la Roubaix para un corredor legendario que ayer mismo, en la previa de la carrera, reconocía que ya sólo le motiva la posibilidad de ganar los 5 Monumentos para seguir en activo. A Philippe Gilbert el traje de Roubaix siempre pareció venirle algo grande, o algo extraño al menos. Incluso en sus mejores años. Con todo, estuvo vivo y salió de Arenberg con unos segundos de ventaja sobre un grupo al que tuvo en jaque durante 20 kilómetros. Hubiese sido bonito.

Esta crónica iba a ser el relato de una batalla a tres bandas con muchos convidados. De piedra, claro. La crónica de una batalla que de tanto tacticismo estaba amenazando con convertirse en una partida de póker o en un juego de suma cero donde la derrota del “otro” empezaba a adquirir un valor casi similar al de la victoria propia. Una batalla en la que Peter Sagan, Greg van Avermaet y la manada de lobos de Quick Step llevaban inmersos más de un año con el norte de Europa por escenario. Como en las guerras antiguas.

Y esta crónica iba a ser, sobre todo, la de una victoria que podría decirse que devuelve las cosas a su orden natural. “Las cosas” son que las carreras conviene que las gane el mejor, el más fuerte. Porque de lo contrario es que ha habido otros factores en juego con más peso del que le corresponde (problemas mecánicos, problemas de salud, errores tácticos…). Y el “orden natural” de las cosas es que si Sagan está en carrera, Sagan gana. Y ayer además Sagan decidió ganar a lo grande, eligiendo para ello un punto muy similar al que eligió Cancellara en 2010 para sentenciar su segunda Roubaix. Un punto sólo unos pocos kilómetros más adelante del elegido por Boonen dos años después para igualar el récord del “gitano” de Vlaeminck. El punto de no retorno.

Ese iba a ser el título de esta crónica.

Pero esta mañana, antes de sentarme a escribir esta crónica, desayunaba con la noticia de que Michael Goolaerts, al que la cámara de carrera había enfocado fugazmente tumbado en el suelo con los brazos en cruz, había fallecido anoche. Un paro cardiaco del que costó reanimarle en el sitio de la caída y que ha terminado por costarle la vida. ¿Fue la caída lo que provocó el paro o fue al revés? ¿Realmente importa? ¿Importa acaso algo de lo que sucedió ayer en Roubaix? Sí, Sagan ganó su primer adoquín, su segundo monumento. Sí, Dillier demostró que entrar en la fuga del día en una carrera de este tipo es comprar un billete de una lotería que toca más a menudo de lo que parece ¿verdad, Turgot? ¿verdad, Tjallingii? . Sí, Terpstra demostró que era el único capaz de haber seguido a Sagan pero que al igual que él fue el más listo hace siete días en De Ronde, ayer le faltó esa determinación. O quizá fueran sólo las fuerzas. Todo esto importa, claro. Pero su importancia es muy relativa cuando sobre ese mismo escenario tienes que contar que un chico de veintitrés años se lo ha dejado todo.

Ésta pretendía ser una crónica emocionada y emocionante. Pero, la verdad, el adiós de Goolaerts te hiela la sangre, te aleja un poco de la bici y te acerca un poco más a los tuyos. Te aleja de la gloria y de la miseria del deporte que es al fin y al cabo la gloria y la miseria de la vida misma y no te acerca a nada. No te da nada a cambio.

DEP Goolaerts. A los suyos, todo el cariño del mundo. Creo que, en el fondo, es todo lo que había que decir sobre la París-Roubaix de ayer.

Firmado: Francisco del Puente

 

1Comment
  • Juan Manuel Padrón
    Publicado a las 12:19h, 09 abril Responder

    Descanse en paz. Terrible. Ha sido terrible.

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