El último baile de Pedro Delgado

En la primavera de 1992 el mapa deportivo español estaba a punto de alterarse de forma dramática, de sufrir la mayor metamorfosis de su historia. Un cambio que se había estado fraguando en los años ’80 pero del que por entonces apenas nos llegaban indicios, imperceptibles señales de todo lo que estaba por venir.

En la primavera de 1992 el deporte español vivía aún inmerso en la mística de la victoria agónica, de la gloriosa derrota. Un año antes habíamos asistido con cierto estupor a la eclosión de un nuevo campeón, Miguel Indurain, que se había impuesto en el Tour de Francia con una suficiencia abrumadora, incontestable. Pero todavía nos quedaba lejos el mito de dimensiones trasnacionales en el que empezaría a convertirse en ese mismo largo e inolvidable verano del ’92.

Y en medio de aquella vorágine, de aquel huracán que arrastraba con él, el aroma de un nuevo tiempo, se situaba un personaje absolutamente fundamental en la génesis de esa nueva era que estaba a punto de inaugurarse. Pedro Delgado, Perico para la afición, era algo más que un ciclista, era el pionero, el rebelde que se negaba a aceptar un papel secundario en el concierto internacional. El verso libre de una España por entonces aún acomplejada y timorata.

Durante algo más de un lustro, desde que se había impuesto de forma milagrosa e imprevista en la Vuelta a España de 1985, hasta el verano anterior, el de 1991, Pedro Delgado había sido la máxima figura internacional de nuestro deporte, el único de los nuestros capaz de medirse de tú a tú con los mejores del mundo, en los más grandes escenarios, y derrotarles. Hasta aquella tarde del 19 de julio de 1991 en la que había abdicado en favor del nuevo monarca del ciclismo mundial, el Rey Miguel.

Sin embargo a Perico aún le quedaba ganas de batallar, de exprimirse, de luchar por ser, sino la prima donna que había sido hasta entonces, sí al menos un corredor de primer nivel en otro tipo de escenarios. Así, tras un año de ausencia, volvió en 1992 a la ronda nacional dispuesto a recuperar el trono que en 1990 le había arrebatado Marco Giovanetti merced a una escapada-bidón el día que la carrera llegaba a Ubrique. Aquel, el de la primavera de 1992, iba a ser su último gran baile.

Más favoritos que candidatos

Repasando la nómina de corredores que el 27 de abril de 1992 se dieron cita en Jerez de la Frontera para el inicio de la Vuelta a España uno se encontraba con toda una constelación de estrellas, o al menos de corredores de primerísima fila. Es cierto que faltaban los nuevos ídolos del pelotón internacional, el navarro Miguel Indurain y los italianos Bugno y Chiappucci, pero por el contrario aparecían, entre otros, los ganadores de las cinco ediciones anteriores de la Vuelta: Melcior Mauri (1991), Marco Giovanetti (1990), Pedro Delgado (1989), Sean Kelly (1988) y “Lucho” Herrera (1987). A ellos se les unían nombres ilustres como los de Stephen Roche, Fabio Parra, Raúl Alcalá, Erik Breukink, Steven Rooks, Gert-Jan Theunisse, Piotr Ugrumov, Alex Zülle o Pascal Richard más la siempre nutrida participación nacional encabezada por los ya mencionados Delgado y Mauri tras los que aparecían nombres como Anselmo Fuerte, Fede Etxabe, Lale Cubino, Peio Ruiz Cabestany o Eduardo Chozas. Todos ellos corredores con credenciales suficientes como para ser tenidos en cuenta en cualquier quiniela que se hiciese sobre posibles vencedores finales. Quinielas en las que, por mucho que se rebuscase, no aparecían dos nombres que luego iban a resultar fundamentales en el desenlace de la carrera: el murciano Jesús Montoya y sobre todo el suizo Tony Rominger.

Y es que, como sucede a menudo, la historia de lo imaginado poco tuvo que ver luego con la historia de lo sucedido. De aquella docena larga de nombres ilustres que le dieron brillo a todos los previos de la carrera y alimentaron tertulias, porque entonces el ciclismo en España alimentaba tertulias, no llegó a la media docena los que lograron estar a la altura de su lustrosa hoja de servicios.

Y si hablamos de hojas de servicios, desde luego que ninguna tan brillante como la de Pedro Delgado. El segoviano era, a priori, el gran favorito al triunfo final merced a unas credenciales que ninguno de sus rivales podía presentar. Ganador de la ronda española en dos ocasiones (1985 y 1989) y del Tour de Francia de 1988, bien es cierto que venía de una temporada, la de 1991, muy discreta, lo que sembraba dudas sobre cuál podía ser el rendimiento real del líder de Banesto. Eso sí, nadie dudaba de que, si alcanzaba su nivel óptimo, la Vuelta sería suya. Era, a todos los efectos, el rival a batir. Algo que acabó determinando el futuro de la propia carrera.

“¡A rueda de Delgado siempre!”

Al igual que había sucedido en 1991, la primera contrarreloj larga, previa a la montaña, iba a deparar una descomunal sorpresa que a punto estuvo de dictar sentencia sobre el ganador final. Si en 1991 un arrollador Melcior Mauri había hecho de las cronos, especialmente esa primera por tierras mallorquinas, su principal caladero de segundos con los que permitirse regular en la montaña; en 1992 iba a ser un semidesconocido Jesús Montoya el que iba a asestar un golpe casi letal a la carrera.

Aunque la crono era para Erik Breukink, la sorpresa la daba el murciano de Seguros Amaya al hacer 2º, a sólo 9” del holandés… y 42” por delante de un Mauri que ya empezaba a dar muestras de no estar al nivel de la edición anterior. Pedro Delgado perdía 1’21” con Montoya, que pasaba a ser nuevo líder. Perdido en las profundidades de la clasificación, aparecía el suizo Tony Rominger, que se dejaba 2’41” en los casi 50 kilómetros de lucha contra el reloj. El primer tercio de la carrera había despejado muchas dudas y la Vuelta aparecía como el desigual duelo de un mito en el otoño de su carrera, Delgado; contra un equipo, el Seguros Amaya.

Martes, 5 de mayo de 1991. Sobre un trazado que nos remite a los más grandes raids alpinos del Tour de Francia, se disputa la novena etapa de la Vuelta a España. En 144 kilómetros se ascenderán el Portillon, el Aspin, el Peyresourde y la traca final con el encadenado Tourmalet-Luz Ardiden.

Pero el día es gris y lluvioso, nada que ver con las sofocantes y soleadas tardes del mes de julio. Aún así o quizá por ello, la carrera es dura, terrible. Tanto que al final del día la Vuelta será cosa de apenas 6 o 7 corredores. Tanto que la organización se verá obligada a abrir la mano para no dejar a 60 corredores fuera de control.

El infernal ritmo al que se disputa la etapa, unido a las duras condiciones climatológicas, suponen la tumba de un buen número de aspirantes, siendo el caso de Mauri, que ese día cede más de 34’, el más llamativo. Otros, como Theunisse, casi se va a los 10’ de pérdida. Alcalá y Rooks por encima de los 11’ y “Lucho” Herrera por encima de 15’. Diferencias de otros tiempos, de otro ciclismo.

Pero mientras una decena de aspirantes ponen el último clavo al ataúd de sus aspiraciones, por delante tienen lugar una serie de disparatados sucesos que van a marcar el devenir de la carrera. Para empezar, Lale Cubino se queda solo, en cabeza, en la ascensión al Tourmalet. El bejarano, compañero de Montoya, cuenta con el beneplácito de su equipo para buscar la victoria y, de paso, meterse de lleno en la lucha por la general (antes de la disputa de la etapa estaba a casi 3’), de modo que Delgado y los CLAS de Rominger y Etxabe tienen que tomar la iniciativa para evitar que la diferencia se dispare y Seguros Amaya añada un factor de riesgo a la ecuación.

A priori Etxabe parece el hombre fuerte del conjunto asturiano y el suizo su mejor lugarteniente. Mientras, Javier Mínguez, director de Seguros Amaya, insiste a su líder a voz en grito, desde el coche: “¡Tú a rueda de Delgado siempre, aunque se pare!”. El segoviano, con ese punto extravagante y anárquico que caracterizó toda su carrera deportiva, escucha atónito el comentario de Mínguez y toma una insólita determinación: a punto de coronar Tourmalet se detiene en la cuneta… a ver qué pasa. Montoya, desconcertado y sumiso, hace ademán de pararse junto a Delgado siguiendo las instrucciones de su desquiciado director deportivo que, en cuanto ve que el líder de Banesto se para, ordena al murciano que siga hacia delante.

Aún es pronto para saberlo pero la obsesión de Mínguez con Perico va a costarle la Vuelta a España. Cuando en la ascensión final el suizo Rominger arranca, nadie le sigue. Ni un exhausto Delgado, ni un ofuscado Montoya que, fiel a la táctica diseñada por Mínguez, aprovecha el cansancio de Perico, para acumular segundos de ventaja con un poderoso rush final sobre su principal rival consolidándose como líder de la carrera… pero con Rominger ya a 1’07”. Sólo en esa jornada el nuevo hombre fuerte de CLAS recupera 1’03” y es segundo en la general. Mientras, en Amaya siguen mirando para al lado equivocado.

El más hermoso canto del cisne

Dice la mitología clásica que el cisne, justo antes de morir, emite su más bello canto, una especie de último y agónico lazo con la vida, con lo que una vez fue todo brillo y esplendor. Sobre las rampas de los Lagos de Covadonga, el 10 de mayo de 1992, Pedro Delgado, Perico¸ el corredor que había vuelto a poner a España en el mapa del ciclismo mundial, el corredor que había acabado con el sagrado rito de la siesta veraniega cinco años antes; escribió el último renglón de una historia, la suya, repleta de días grandes. Sobre las rampas de los Lagos de Covadonga, las mismas en las que había sometido a sus rivales en la Vuelta de 1985, nos recordó todo el brillo y esplendor de aquellos días de gloria y nos hizo soñar con que el final aún quedaba lejos. Fue, hoy lo sabemos, su canto del cisne.

Llegaba la general con cinco corredores en menos de dos minutos. Montoya mantenía el jersey dorado con Rominger a 1’07”. Cubino, que el día anterior, camino de Santander, había quedado cortado, era 3º a 1’25 mientras que Delgado amenazaba con asaltar el liderato desde la cuarta posición, a 1’34”. Quinto era Fede Etxabe, ya al servicio de Rominger, a 1’41”.

La etapa discurrió según los estándares de cualquier trazado unipuerto de la época, esto es, pelotón agrupado hasta la subida final y ahí, zafarrancho de combate y sálvese quien pueda. Y sucede que quien se salvó fue Delgado principalmente y, en menor medida, Rominger. Y todo en mitad de otra escena tan delirante al menos como la vivida una semana antes en las rampas del Tourmalet.

Para entonces Rominger ya se había convencido de que podía ganar la Vuelta. En este proceso de mentalización habían jugado un papel fundamental tanto su director, Juan Fernández, como la mujer del suizo. El primero, al margen de trabajar la confianza de su corredor día a día, iba a escenificar este salto al vacío (no hay que olvidar que el mejor resultado del suizo en una gran vuelta hasta entonces era 44º en el Giro de 1988) en la última gran ascensión de la Vuelta’92 poniendo a todo el equipo a trabajar para él.

La Huesera es la zona más dura de la mítica subida asturiana. Se trata de una rampa de casi 1 kilómetro con porcentajes que oscilan entre el 13 y 15%. Ese era el punto elegido por el CLAS para intentar reventar a los Amaya, o al menos a su líder, Jesús Montoya. Y el elegido para tensar la cuerda no era otro que Fabio Rodríguez, el colombiano del labio leporino al que sus compatriotas habían apodado, con cierta sorna, Besolindo. Y ahí que fue. A tensar la carrera. A hacer que todo saltase en mil pedazos.

Pero todo se torció, al menos para los CLAS. Ni Etxabe ni Rominger logaron mantener el ritmo de su compañero, que cegado por su devota entrega no vio quedarse a sus jefes de filas y no escuchó los gritos de sus compañeros que, desesperados, trataban de hacerle parar (¡ay, el ciclismo sin pinganillos!). Besolindo mantuvo su ritmo infernal sin girar ni un instante la cabeza y nada más pasar La Huesera, justo cuando Rominger parecía que podía volver a entrar en el grupo, un ataque de Farfán vino sucedido de dos acelerones de Pedro Delgado. Al primero sólo respondió el líder, aparentemente sólido pero que sin embargo iba a claudicar un poco después, nada más pasar por el Mirador de la Reina. A partir de ahí la carrera se convirtió en una cronoescalada de unos cinco kilómetros con tres focos de interés: Delgado contra el paso del tiempo, en pos de una victoria de etapa y de un golpe de mano que le procurase el maillot amarillo y detuviese un reloj empeñado en precipitarse hacia el futuro. Montoya contra su propio destino, el de un corredor al que la gran oportunidad de su vida parecía escurrírsele entre los dedos. Rominger contra sí mismo, en ese instante preciso que había de decidirse quién iba a ser en el futuro.

Ganó Delgado, como en 1985, pero el auténtico vencedor de la etapa fue el suizo. Recuperado de la crisis que había desencadenado su compañero de equipo, el líder del CLAS había sabido regular e incluso se había permitido sobrepasar a Montoya aventajándole en 13” y mantener, más o menos, los 40” que Delgado había llegado a sacarle. El murciano, el gran derrotado de la jornada, mantenía el liderato pero su crédito se agotaba. Delgado y Rominger ya estaban a menos de 1’.

Fuenlabrada, el inicio de un nuevo tiempo

En 1983, Bernard Hinault, que por entonces acaudillaba con mano de hierro el pelotón internacional, había utilizado la sierra de Ávila para sepultar todas las esperanzas de un imberbe Julián Gorospe en la Vuelta de ese mismo año. Dos más tarde, en 1985, Pedro Delgado había ejecutado una maniobra aún más audaz en la sierra de Guadarrama para acabar con Robert Millar un día antes del final de la carrera. Aquellos dos escenarios, Ávila y Guadarrama, representaban el último bastión de los optimistas irredentos.

Delgado llegó a ser líder virtual. Fue subiendo Serranillos, el día antes de la crono de Fuenlabrada, pero el excelente trabajo del Seguros Amaya acabó por sepultar sus opciones. Aún lo volvió a intentar una vez más, ya frente a las murallas, para acabar consiguiendo una exigua renta de 3” sobre el líder. Su gran oportunidad había pasado.

Con 46” sobre el segoviano y 52” sobre el suizo, Montoya afrontaba la decisiva contrarreloj aferrándose a las referencias de la crono de la primera semana con el fervor con que un naufrago se aferra a una tabla en medio del mar. Pero Montoya, y probablemente Mínguez también, sabían que no eran unas referencias válidas más allá del efecto psicológico que pudiesen tener sobre el murciano. Rominger había sufrido una caída el día anterior a la disputa de aquella crono y el dolor, amén de que por entonces ni él mismo confiaba en sus opciones en la general, habían lastrado su rendimiento. Pero ahora iba a ser distinto. Estaba en juego la victoria final en una gran vuelta. La primera para cualquiera de los dos.

¿Y Delgado? A Delgado sólo le quedaba esperar que ninguno de sus rivales tuviese un gran día y que, en última instancia, le dejasen a tiro el liderato para la jornada de la sierra madrileña.

Pero nadie falló. O mejor dicho, no falló Rominger. El suizo arrolló a sus rivales y se hizo con la etapa rodando a casi 50km/h. La Vuelta, salvo hecatombe camino de Segovia, quedaba sentenciada, con Montoya a 57” y Delgado a 1’35”. No hubo vuelco, en realidad nunca lo hay, y el suizo aún se permitió aumentar su renta en la llegada a Segovia en 7” más para llevar la ventaja final sobre el corredor de Seguros Amaya a 1’04”. Un solo segundo más de lo que los hombres de Mínguez le habían permitido ganar al líder del CLAS en la jornada de Luz Ardiden. Un segundo más.

Del nacimiento de un Campeón al ocaso de un Mito

La Vuelta’92 abrió un nuevo tiempo en la ronda española. Tony Rominger ganó dos ediciones más, las de 1993 y 1994, convirtiéndose en el primer corredor en conseguir tres entorchados. Durante ese bienio su confianza creció hasta el punto de convencerse de que podía medirse con Miguel Indurain. Un duelo que nunca fue tal y que quedó finiquitado para siempre en las rampas de Hautacam, una tarde de julio de 1994. Al año siguiente, Rominger se apuntó su primer y único Giro de Italia.

Jesús Montoya, por su parte, perdió la gran oportunidad de su vida. Nunca había estado tan cerca de un triunfo de esas dimensiones y nunca lo volvió a estar. Él mismo reconoció nada más acabar la Vuelta que se habían equivocado con aquel marcaje obsesivo a Delgado y la incertidumbre de lo que pudo haber pasado si el día de Luz Ardiden no hubiese dejado ir a Rominger será algo que siempre le perseguirá.

Para Delgado, sin embargo, fue el principio del fin. 6º en la edición de 1993, a más de 11’ de Rominger (curiosamente justo por detrás de Montoya, 5º a más de 10’), el segoviano ya nunca volvió a estar cerca de la victoria en las grandes citas. Como a menudo sucede en nuestras propias vidas, en aquella primavera de 1992 habíamos asistido, sin saberlo, a un momento cuya trascendencia sólo iba a ser interpretable con el paso del tiempo. El momento en el que un fuego se extinguió para siempre.

Como un último beso. Como un último abrazo. Como un último adiós. Como un último baile.

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