Induráin-Echávarri: El final de lo que fue (II)

El asalto al récord

Lee la primera parte de esta historia aquí

No sabemos exactamente a qué hora se levantó Miguel Induráin de la cama aquel 15 de Octubre de 1.995 en Bogotá. De todas las maneras, las crónicas cuentan que a las cuatro horas y diez minutos hora colombiana, Miguel ya empezó a calentar tras moto sobre el bacheado velódromo Luis Carlos Galán.

Sobre un aforo de 8.000 espectadores, más de cinco mil ya se congregaron a hora tan temprana para comprobar in situ si uno de los mejores contrarrelojistas de la historia sería capaz de recuperar para sí el récord de la hora que en aquel momento ostentaba Tony Rominger.

Los madrugones que llevaba acumulados Miguel para adaptarse al horario y una fresca temperatura de 10 grados centígrados no estaban de su lado. A su favor, el hecho de que el anemómetro apenas se movía. Esta fue la circunstancia que llevó finalmente a que el intento no se dilatase más. Con la decisión de montar un desarrollo de 62×14 ya tomada desde días atrás, quedaba por decidir, en función del viento, si montarían una o dos ruedas lenticulares. A pesar de la información enviada por el anemómetro, los baches del circuito suponían también un inconveniente para montar las dos lenticulares. Finalmente decidieron arriesgarse: doble rueda lenticular. Así, antes de las seis de la mañana locales, el mayor de los hermanos Induráin comenzó el asalto. Realizó un magnífico primer kilómetro y en el kilómetro cuatro aventajaba ya a Rominger en casi dos segundos. Un kilómetro más tarde todavía conservaba ventaja sobre el corredor suizo, pero ya era menor. El anemómetro había empezado a girar pero de una forma muy leve.

Bogota: Miquel Indurain, foto Cor Vos ©

En los siguientes minutos Miguel Induráin estaba perdiendo del orden de los casi dos segundos respecto a Rominger ¡¡en cada vuelta!! No se acoplaba a su bicicleta y no llegaba al centenar de pedaladas por minuto que necesitaba. Los rostros de Echávarri y Padilla, el médico de Miguel, denotaban el pesimismo, pero no se atrevían a pararle. El leve viento aparecía y desaparecía. Lejos del récord, a Induráin le costaba incluso mantener una velocidad de 54 kms/hora. Cabeceaba, pedaleaba forzadamente e incluso a veces perdía la referencia de la línea negra. En lo que las crónicas no se ponen de acuerdo es en quién ordenó parar el intento. O si fue una decisión del propio ciclista, por supuesto teniendo en cuenta la información que recibía y sus propias sensaciones. La cuestión es que finalizó el intento a los 31 minutos y 17 segundos. En ese momento llevaba recorridos 28 kilómetros. Durante la consecución de su récord, el suizo del Mapei-GB había tardado 30 minutos y 24 segundos en salvar esa misma distancia. La media de pedalada por minuto había sido de 97,16. Es verdad que el viento había hecho su aparición, pero con una leve brisa de 0,2 metros por segundo.

No me resisto a poner un fragmento de una crónica de la época que expresa bastante gráficamente cómo fue el intento. Decía así.

“El intento de récord resultó un tanto decepcionante por el mal acoplamiento a la bicicleta, por el pedaleo irregular y porque nunca gobernó su máquina, se levantaba del sillín, levantaba continuamente la cabeza y, desde el kilómetro 3, enseñaba los dientes como en los últimos metros de una contrarreloj del Tour”.

En el tercer capítulo os contaremos las consecuencias que se derivaron de estos sucesos. La ruptura tanto profesional como personal del binomio que más éxitos ha dado al ciclismo español. Cómo no, en Road and Mud.

Escrito por:
@ranbarren

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