El día Q, la hora H: Crónica de una batalla por la supervivencia

El pasado sábado 18 de junio, se celebraba una nueva edición de uno de los eventos ciclísticos de cada años, la Quebrantahuesos. A continuación, os ofrecemos una conversación entre dos de nuestros colaboradores, Mikel Ilundain y Asier Jiménez, participantes ambos en la dura marcha aragonesa, así como la crónica escrita de Asier Jiménez tras su primera experiencia en la QH.

Podcast:
@mikeilundain y @asierjl

El día Q, la hora H: Crónica de una batalla por la supervivencia

4 debutantes, 1 furgoneta, 4 bicicletas, 1800 km recorridos y todo por un sueño: participar en la Quebrantahuesos 2016. La realización de ese sueño comenzaba allá por febrero, con la confirmación de nuestro dorsal y la búsqueda de alojamiento. Tras meses de entrenamiento, lesiones y problemas, llegó la hora de la verdad. Eran las 6 de la mañana del jueves previo a la carrera cuando cuatro ilusionados novatos partían rumbo a Sabiñánigo. Tras muchas horas de carretera, risas, música y conversaciones nerviosas sobre la carrera y su parafernalia, llegamos a la Meca del cicloturismo en España. Al entrar a Sabiñánigo el aire tenía ya un aroma especial, olía a ciclismo y a humedad a partes iguales. Las condiciones meteorológicas que habían sido tema central en nuestras conversaciones de furgoneta, se convertían en protagonistas in situ cuando varios chaparrones azotaron nuestra furgoneta camino a nuestro alojamiento. Tras dejar todo preparado, comprar lo necesario y cenar, aprovechamos para dormir bien. El día siguiente sirvió para probar en nuestras carnes el frio y ponernos sobre aviso para lo que se nos venía encima. Una salidita corta, en la que el grupo se separó, buscando lo óptimo para cada uno. Dos seguimos hasta Jaca y otros dos hicieron los 5 km que separan Villanúa de Castiello de Jaca y volvieron. Tras una comida típicamente ciclista compuesta de pasta y algo de proteínas, nos dispusimos a recoger el dorsal y visitar la maravillosa feria de ciclismo que brinda siempre la QH.

Ya en casa, los nervios, in crescendo, hacían que la preparación de las bicicletas, el dorsal, el perfil y la ropa fuesen entretenidas. Tras una cena temprana, decidimos acostarnos ya que al día siguiente el madrugón resultaba inevitable.

Eran las 4:30 de la madrugada cuando sonaron los despertadores y nos pusimos en funcionamiento. Desayuno, últimos preparativos y a vestirse. Esa fue sin duda parte de la clave de esta QH. Hoy día, con las posibilidades que existen, saber vestirse es, sin lugar a dudas, fundamental para un ciclista que afronta una predicción de lluvia continua y frio por debajo de los 8 grados en las cumbres.

No eran ni las 6 de la mañana cuando tocaba despedirse de la familia, mandarles un último saludo y tratar de motivarse. Al llegar a Sabiñánigo uno podía atisbar la magnitud del evento. A parte del tráfico y los coches, las bicicletas y los ciclistas que calentaban o daban los últimos retoques a sus compañeras de Ilíada, la ciudad entera latía ciclismo.

Ponerse las zapatillas y los cubrebotas y dirigirse a la salida era un mero trámite con lo que quedaba por venir, pero cualquier ciclista sabe del ritual que supone unirse con su bicicleta al encalar. La primera pedalada del día, esa en la que uno siente cómo está. La segunda, en la que uno se reafirma, y así miles durante las próximas horas.

Los nervios de todos eran palpables en un gran pelotón del que era imposible ver el principio o el final. Una cierta necesidad de oír el chupinazo de salida se apoderaba de todos y cada uno de nosotros. Y así pasó, tras una larga espera ¡Gora San Fermín!

Pedaleamos hasta pasar por la línea de salida y C’est parti! Comienzan los 198 km más heroicos que se recuerdan en la marcha más reputada de España. Salimos de Sabiñánigo con frío y sol, nada hace presagiar la tormenta que en pocas decenas de kilómetros caería sobre nuestras sufridoras pieles. El ritmo es alto, sostenido, aunque sostenible, nada de estridencias ni de gastos inútiles en cuanto a la velocidad. Lo que no podemos evitar es vibrar de emoción y gritar en el gran grupo donde el silencio se apodera de las bocas del resto de compañeros. Nadie puede refrenar nuestro impulso de juventud, nuestra necesidad de gritar a los 4 vientos que estamos en la QH y que uno de los objetivos ya estaba cumplido. La gente nos mira sorprendida, divertida por nuestros gritos, ánimos y bromas y así se forma un pequeño grupo a nuestro alrededor que caminará en los primeros compases de semejante sinfonía.

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Los pies del Somport van haciendo ya las primeras diferencias en el grupo. El puerto va dejándose notar poco a poco, casi sin avisar. Cuando nos queremos dar cuenta ya hemos pasado por Villanúa, donde tenemos nuestro alojamiento y comenzamos la verdadera subida. Nada de volverse loco, bien lo aprendí de mi fiel amigo Jorge, que me acompaña tapado hasta arriba, llevando el frío lo mejor que puede. Christian y Pedro completan la nómina de 4 cordobeses que van a enfrentarse a un frío desconocido.

Pedalada a pedalada guardando energía, conservando fuerzas y marchando poco a poco en las tendidas rampas de Somport que van haciéndonos disfrutar. Ya a mitad de puerto la lluvia hace acto de presencia y no dejará de acompañarnos hasta mucho más adelante. Continúa la subida y de pronto vemos a los primeros ciclistas que se dan la vuelta, a sabiendas de lo que viene por delante.

La cima se acerca y nosotros seguimos siendo la alegría de la fiesta. Se nota que venimos de Andalucía. Nuestro particular Sagan, Christian, encadena caballitos y todos disfrutamos de los ánimos que la afición al borde de la carretera nos brinda. La afición vasca, siempre patriota anima a los suyos y curiosamente, gracias a mi nombre comienzo a formar parte de ellos.

-¡Aúpa Asier! Se oye en la cuneta. La Ikurriña ondea de manos de un grupo de jóvenes que animan a todos los ciclistas. La cima está a 200 metros cuando paramos para abrigarnos bien. Nos lanzamos a bajar y el frío comienza a congelarnos, la lluvia va gastando las pastillas de freno a cada curva. Curva, contra curva y muchísima concentración. Nadie quiere tener un susto. Christian, Jorge y yo vamos un poco más sueltos en la bajada, Pedro sufre más el frío y justo en la bajada debe abandonar, una verdadera pena. Estoy seguro que de haber estado con nosotros hubiese hecho otra heroicidad de las suyas.

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Terminamos Somport y reagrupamos los tres, nos quitamos una prenda para afrontar el llano que nos conducirá al Col de Marie Blanque. El frío que se había apoderado de mi cuerpo hace que necesite tirar del grupo que encabezamos. Mis compañeros deciden quedarse en medio del grupo y yo me distancio sin querer. Miro atrás y de pronto veo que voy solo, he perdido a mis compañeros y parar no tiene sentido. Comer, beber y seguir bajando y llaneando hasta que de pronto, en un giro a derechas comienza puerto.

Un par de rampas duras dan paso a cuatro kilómetros asequibles, en los que el ritmo no resulta tan difícil de mantener. Todo pasa a ser un espejismo cuando accedemos a la parte más boscosa y cerrada del puerto. Cuatro kilómetros separan esa zona del avituallamiento de la cima. Cuatro eternos kilómetros de pendientes extremas, de medias del 12%. Chepazo a chepazo pasan los metros como si fueran kilómetros. Nada anima más que ver que se disminuye la distancia hasta la meta, pero nada desanima más que ver las señales del puerto a cada kilómetro. Tras muchas pedaladas, la cima se ve a lo lejos. Toca acabar la faena.

Un poco de comida y bebida, llenar los bidones de sales y agua y un cabreo monumental por llenarme los pies de barro al avituallar. Llegan Christian y Jorge, me paro con ellos 3 minutos, pero necesito pedalear, casi comienzo a tiritar. El cuerpo me pide seguir sufriendo. Afronto la bajada y tengo un susto en una de las curvas a derechas que tiene justo antes una alcantarilla canadiense en la que mi rueda trasera realiza un extraño.

El miedo se mete aún más en el cuerpo, pero no puedo permitir bloquearme, borro la imagen de mi cabeza y continúo bajando, sin asumir riesgos innecesarios. Acaba el descenso y toca llanear hasta el comienzo de Portalet.

Dejo pasar un par de grupetas y me cojo a otra más grande que me lleva a los pies de Portalet. Me paro a desabrigarme y comienzo a subir a ritmo sostenido. Son 30 kilómetros, 30000 metros de dureza por su longitud, más que por sus rampas. Llevo un buen ritmo, voy pasando a gente y no veo que nadie me pase, buen síntoma.  Así sigue hasta el primer avituallamiento en el que paro. De ahí al segundo, 8 km que se hacen eternos, quizás los más duros del puerto y poco a poco tras pasar por la presa la carretera se va haciendo más dura, la lluvia continúa acompañándonos hasta la cima.

Allí parece que tras 3 km de descenso el sol comienza a brillar. Afronto un descenso rápido sin frenos. Mis pastillas traseras están gastadas casi al 90%, tengo que afrontar las frenadas con cabeza y tirar de técnica. No merece la pena volverse loco, la carretera está a medio secar.

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Tras terminar la bajada de Portalet, la tachuela de Hoz de Jaca se me atraganta mucho. Me pasa mucha gente y hasta que no llega el segundo kilómetro no puedo encontrar mi ritmo, cuando lo hago, disfruto del paisaje hasta llegar al pueblo, que nos recibe con los brazos abiertos. Me paro a tomar un plátano y una cola, apajarado y comienzo a descender. De pronto me saltan las lágrimas, recapitulo en mi cabeza la hazaña que he logrado. Recuerdo como he ido pensando en Bartali y su Tour del 48 y ese día de Briançon, recuerdo la etapa de Andorra de Vuelta España y recuerdo todo el sufrimiento. Lloro, nada malo hay en ello. Ya he demostrado que soy duro, si no lo fuese no habría llegado hasta aquí. Puedo permitirme emocionarme en mi soledad.

Afronto la bajada con velocidad y luego afronto los 20 primeros kilómetros de llano con fuerzas y muchas ganas, hasta que me pega en la cara un fuerte viento que se debate entre ser de cara y lateral. Se decide a ser de cara, de esos que atufan, que dejan tirado a cualquiera.

Última mini-subida, una tachuela en la que el cuentakilómetros no sube de los 15 por hora. Es el viento el que no permite volar. Afronto la entrada a Sabiñánigo con poca gente, trato de entrar solo en meta, veo a dos personas delante, quiero cogerlos en la curva de meta, pero pienso que no tiene sentido. Hay que respetar a los demás.

Recta de meta, me santiguo y señalo al cielo, cosas mías, nadie lo entendería. Un nudo en la garganta me hace bajar la cabeza y gastar la última lágrima de la recámara. Está hecha, la edición más dura de la historia de la Quebrantahuesos está en mi bolsillo tras 9 horas y 22 minutos que me otorgan una medalla de bronce que sabe a oro de 24 quilates.

Me encuentro al héroe Pedro, que me recibe con gesto de sorpresa en la cara. No creo que se esperase verme el primero de los cuatro en meta, yo tampoco lo esperaba. Nadie lo esperaba, pero así es la vida a veces, sorprendente para propios y extraños.

Me acompaña a comer y justo cuando recojo la paella entra Christian, al que minutos después sigue Jorge.

Cuando estamos todos juntos la sensación de alegría y orgullo es inconmensurable. Nadie puede sentir lo que sentimos, nadie puede expresarlo.

Solo puedo dar las gracias a todos los que me ayudaron, mi familia, mis compañeros de Road&Mud y por supuesto a Jorge, Christian y Pedro, compañeros y amigos y con los que he compartido una experiencia inolvidable.

Escrito por:
@asierjl

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