Ciclistas bajo los focos (II)

Que el tiempo pasa a una velocidad de vértigo es simultáneamente un topicazo y una cruel realidad. Hoy en día nos cuesta retrotraernos, ponernos en perspectiva de lo que sucedía hace menos de un siglo. Imaginar competiciones ciclistas de 144 horas de duración ininterrumpida Además, estas competiciones no se celebraban en carreteras al aire libre sino en velódromos cerrados, con su consiguiente tortura psíquica. Eran competiciones a relevos (americanas) y los corredores llevaban al velódromo su propia cama para poder descansar. Pueden los y las lectoras vislumbrar que la dureza era extrema. La recuperación en brevísimos plazos de tiempo, estómagos privilegiados con una digestión rápida, organismos capaces de seguir en funcionamiento con escasas horas de sueño… Factores de este tipo eran los que condicionaban el éxito o el fracaso en estas carreras. La tremenda dureza de estas competencias eran un campo abonado para la proliferación de los “combine”.

Temporada tras temporada, las competiciones de fútbol nos brindan en sus últimas jornadas partidos en los que muchos aficionados se atreven a pronosticar el resultado final que… finalmente se cumple. Partidos en los que se enfrentan equipos a los que les sirve matemáticamente un empate para la consecución de sus respectivos objetivos, acaban con ese empate en el marcador. Perjudicando con ello al rival que hasta ese momento ha obtenido menos puntos y viene por detrás intentando remontar. Es dominio público la consecución de determinados resultados. Pero escasos días después, todo eso queda en olvido y los titulares de prensa nos hablan ya de los próximos fichajes de los clubes implicados cara a la temporada venidera. ¿Suponen esas “sospechas” un lastre para la credibilidad y el seguimiento del fútbol para la temporada siguiente? Incluso en el fútbol es mucho peor que en el ciclismo. Jornada tras jornada se suceden los escándalos arbitrales. A pesar de ellos, las máximas autoridades futbolísticas se niegan a tomar medidas para atajar estos supuestos “errores” arbitrales y se inhiben a la hora de introducir las nuevas tecnologías para ayudar a arbitrar partidos de fútbol. ¿Simplemente por que sí o por que hay intereses en que continúe todo tal y como está? ¿Se imaginan los lectores a la Unión Ciclista Internacional anunciando que renuncia al uso en los sprints de la photo finish? ¿Dejando al ojo del árbitro la decisión del ganador de una prueba ciclista?

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De la decadencia de las pruebas de pista y en suma de las competiciones de “Six Days” se acusó a los “combines” a los que llegaban los ciclistas participantes. Pero como he intentado demostrar en el párrafo anterior, quien escribe no comparte ese argumento. Los “combines” en el mundo del fútbol son tan evidentes o más, para el que tenga voluntad de verlo por supuesto, que en aquellas pruebas de pista. Y, aunque en España va perdiendo poquito a poco interés, el fútbol sigue teniendo gran seguimiento. La afición ciclista se fue olvidando de estas carreras de seis días por las razones que fuere. Pero no creo yo que fuera por los combine de los que muchos acusaron a nuestro deporte. Y repito. Más valdría a algunos de los que acusan en mirar primero bien mirado a su propio deporte.

¿Qué eran los “combines”? Efectivamente eran los acuerdos a los que llegaban los ciclistas durante la competición. Pero, ya sin siquiera salir de nuestro deporte, saltando a los routiers. Dos ciclistas escapados que van a relevos es porque han alcanzado un acuerdo. O la típica maniobra de otra vez dos escapados en que uno de ellos conquista el liderato y deja a su compañero de fuga que disfrute los honores de ganador de etapa. Acusar de este tipo de acuerdos en exclusiva al ciclismo de los seis días es decididamente un enorme ejercicio de hipocresía…

Evidentemente, en un “combine” dos o más ciclistas llegaban a un pacto para perjudicar a un o a unos terceros. Pero para poder llegar a ese acuerdo, era necesaria la palpable superioridad de algunos, la notable inferioridad de otros… Y esos combines siempre eran “revisables” y aquellos tácitos pactos se podían romper… precisamente por las nuevas pruebas de fortaleza y superioridad, o inferioridad, mostradas durante la propia competición. Tan cruel como la vida misma. Lo mismo que cuando dos equipos de fútbol “acuerdan” un empate que imposibilita a su perseguidor el alcanzarles matemáticamente en puntuación. Llegados a este punto, quien escribe se pregunta porqué a determinados deportes, por ejemplo boxeo o ciclismo, se les llega a pedir que superen unos tests de “intachabilidad”  que el resto de deportes se sabe que tampoco superan. Pero en fin. Lo dejaremos para otro artículo.

Independientemente de estos acuerdos entre los participantes, a pesar de todo y al igual que sucede en la ruta, en estas competiciones de seis días solían ganar los más fuertes. Poco futuro podían tener los pactos entre ciclistas que no demostrasen en la pista que eran suficientemente superiores a aquel o aquellos a los que quisiesen hacerle la puñeta. Sin pretender justificar ni nada por el estilo estos combine, sí que hay que ponernos en situación. Durante aquellas 144 horas ininterrumpidas horas de competición, a relevos por supuesto, había tiempo para sufrir varias pájaras y varias recuperaciones. La competición podía dar vuelcos alucinantes. Los pactos durante estas carreras eran algo necesario para humanizarlas. Para ahorrar fuerzas. Olvidándose cierto es de la ética deportiva, quien ya no se veía suficientemente capacitado para obtener la victoria final se ponía a disposición de quien él pensara que la iba a obtener, esperando al final el reparto del botín. Con un implícito pacto de que en una futura competencia las tornas cambiasen. Mismamente que lo sucede en la ruta. Cuando la lucha por la general está decidida, el líder consiente escapadas. Hay un reparto implícito del botín. En caso de que el líder fuera a por todo el botín, se ganaría el odio de sus rivales, que se lo harían pagar en próximas carreras.

En suma. La aparición de los combine en una estructura como la de los seis días fue algo inevitable. Y nos servía a la vez para recordarnos que quienes competían eran personas, no otra cosa. Incluso estos acuerdos se llegaron a dar para que el público encontrase un incentivo, una forma de llamar a llenar las gradas de los velódromos. De todas formas, a las pocas horas de carrera resultaba ya muy difícil para quien llegase de nuevas al velódromo, y aún también a quienes estuviesen horas contemplando el circular de los ciclistas arremolinados sobre la pista sin disciplina ni reglamentación, el entender la situación real de carrera. Esta circunstancia, unida a una forma de entender el deporte como algo más humano y menos sobrehumano, acabaron con los seis días ininterrumpidos de competición. Se mantuvo el nombre, “Six Days”, pero cambió notablemente la naturaleza de la competencia.

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Con la renovada fórmula, los ciclistas se levantaban a las doce de la mañana, comían sobre las cinco de la tarde y sobre las ocho o nueve de la noche iniciaban las cinco o seis horas de competiciones en la pista. Cuando finalizaban cenaban y acababan acostándose sobre las 4 ó 5 de la madrugada. Ya no era necesario que instalasen su propia cama en el velódromo. Este aspecto también se había humanizado y ahora se alojaban en espacios acondicionados en el propio velódromo o en hoteles.

También se reglamentó y se diversificó el programa con el objetivo de clarificar la competición y facilitar su seguimiento. Se organizaban pruebas de relevos (americanas), sprints, persecución individual y por equipos, eliminaciones y pruebas tras dernys (motos). Todas estas modalidades contaban para establecer la puntuación final, al igual que las vueltas ganadas o perdidas. Entre prueba y prueba se entregaban los ramos de flores a los ganadores y se aprovechaba para refrescarse y descansar.

Era el director de carrera, junto con los jueces, el que dirigían el orden y la disciplina en estas pruebas. El propio director de carrera se atribuía competencias casi exclusivas, y basadas en el interés del público –no era igual el público en Berlín, en París o en Milán- para determinar la duración y el horario de las pruebas. Pero a pesar de todo, los ciclistas siempre encontraban hueco para “autodeterminarse” y funcionar según sus propias reglas. Por ejemplo, cuando había poco público o este estaba marchándose, la paz reinaba sobre la pista sin necesidad de que hubiese acuerdo verbal. Pero también había ciclistas que se autodeterminaban sobre los acuerdos mayoritarios del pelotón y pasaban al ataque cuando nadie lo esperaba. Ganándose la animadversión de sus compañeros de profesión, pero también los favores del público que en aquel momento estuviese presente. Difícil adivinar si esos ataques forman también parte del show… o es una lucha real.

Mediada la década de los ochenta del siglo pasado, durante la celebración de los Seis Días de Berlín, sucedió un caso de estos. Mientras los ciclistas daban vueltas a la pista, actuaba un grupo musical en la pelousse. Los focos iluminaban a este grupo y la pista estaba casi a oscuras. Pero un ciclista decidió saltarse el guión y atacó. El director de carrera mandó iluminar la pista. Y allí aparecieron ciclistas medio vestidos, gritándose entre ellos, preguntándose qué es lo que estaba pasando. No faltaron los insultos y los intentos de agresión de sus compañeros sobre quien había osado saltarse el guión establecido. ¿Fue un show? ¿Fue un ataque real? La realidad es que al final de esa jornada la pareja atacante había perdido cinco vueltas como represalia de sus rivales.

Para finalizar, me atreveré a lanzar un reto para todos aquellos que duden sobre la calidad y la credibilidad de estas competiciones deportivas. Que prueben ellos mismos a rodar durante hora y media a 52 kilómetros por hora sobre la pista de un velódromo. Les concedo incluso el beneficio de ir a relevos.

Escrito por:
@ranbarren

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