Cicloturistas, en el filo de la navaja

El atropello de un pelotón de 20 ciclistas el pasado sábado, día 12, en Pontevedra, en el que uno de ellos falleció y siete resultaron heridos, puede haber supuesto la gota que haya colmado el vaso de la paciencia de un colectivo que está viviendo un invierno especialmente dramático, con cifras de fallecidos por accidente que amenazan con pulverizar los datos de 2015. A este trágico goteo de noticias que nos llegan día sí, día no, se unen decisiones judiciales, como la del Juzgado de Instrucción número 6 de Navalcarnero, que ha decidido archivar el caso de Óscar Bautista, cicloturista fallecido en 2013 después de que un camión le arrollase sin detenerse a auxiliarle. La jueza que instruía el caso no ha apreciado indicios de delito y el camionero ni siquiera será juzgado.

Por si todo esto fuera poco, el dislate llegó a su máximo grado de paroxismo el domingo pasado, con un delirante artículo publicado en el diario Voz Pópuli en el que se ponía sobre la mesa la cuestión de si los ciclistas debían ser apartados o no de las carreteras. Más allá de la viabilidad o no de poner en marcha tan disparatada medida, el deleznable artículo constituye el reflejo perfecto de un sentir que está presente en un porcentaje lo suficientemente alto de la población como para considerarse no sólo un grave problema cívico sino, probablemente, una de las causas principales de estas altas cifras de siniestralidad y es que, para muchos, el ciclista no es más que una presencia molesta, una fastidiosa anomalía que, de buen grado, suprimirían del coto privado en que quieren convertir las carreteras que TODOS pagamos. Sí, hasta los ciclistas.

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Fuente: lavanguardia.com

Así las cosas, entre la indiferencia normativa (matar a un ciclista puede que sea de los homicidios más “baratos” de nuestro código penal), el menosprecio judicial y el rechazo social de una minoría significativa de conductores, el cicloturista se encuentra en una situación de desamparo casi absoluto, debiendo confiar únicamente a su buen hacer y al sentido común del resto de conductores su seguridad, su vida. Y es que el accidente de Pontevedra así como el artículo publicado por Voz Pópuli y sus posteriores reacciones ponen de manifiesto cuestiones que no se circunscriben únicamente al ámbito de la seguridad vial de los ciclistas sino que se entroncan con problemas más estructurales relativos al código de circulación y a la normativa sobre obtención y renovación de los carnets de conducir y, en definitiva, a nuestro nivel educativo en este ámbito concreto.

Que el conductor que atropelló al pelotón de Pontevedra sea octogenario resulta algo circunstancial (no nos olvidemos que este mismo invierno, una mujer, para nada octogenaria, se llevó por delante a 6 corredores del Giant-Alpecin) pero pone de manifiesto las enormes deficiencias en el sistema de renovación del carnet de conducir. ¿Cómo puede una persona con 87 años obtener sin ningún problema un permiso de conducir? ¿Qué criterios se siguen para renovar dichos permisos más allá del meramente recaudatorio? De igual manera, ha quedado de manifiesto el profundo desconocimiento del código de circulación de muchos conductores que, por ejemplo, ignoran que se les permite cruzar una línea continua para adelantar a un ciclista con el metro y medio que está estipulado como distancia de seguridad. O que los ciclistas tienen permitido circular en paralelo, siempre que sea de dos en dos y pegados al margen derecho.

Por tanto y hasta este panorama, parece obvio que la solución no pasa por atacar uno sólo de los frentes. Se antoja, primeramente y como medida fundamental, una tarea de concienciación y educación que contribuya a ver al ciclista como un elemento más del tráfico, con sus singularidades y al que no se puede apartar de un manotazo como si de un molesto moscón se tratase. Pero todos sabemos que siempre habrá quien menosprecie la vida ajena, estamos hartos de verlo en el día a día, por lo que resulta imprescindible que estas campañas formativas, que deberían abarcar desde charlas en los colegios hasta campañas publicitarias en televisión, estén respaldadas por leyes que endurezcan las sanciones por atropellos a ciclistas. Matar nunca, nunca, puede salir gratis. Por último y en esto ya no sólo hablamos de atropellos a ciclistas, renovar el carnet de conducir no puede y no debe ser tan sencillo como pasar un psicotécnico que no es más que un mero trámite, un chiste sin gracia alguna. Educación, legislación y reciclaje se antojan así pilares fundamentales si de verdad se tiene la intención de atacar el problema de raíz. Cualquier otra cosa no son más que brindis el sol. Y mientras, seguimos y seguiremos cayendo.

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P.d.: No quiero cerrar este artículo sin aclarar que todos tenemos presentes que existen, dentro del colectivo de los ciclistas, elementos indeseables que con su actitud imprudente e irresponsable fomentan una imagen muy nociva del resto de cicloturistas y alimentan todo tipo de prejuicios y de situaciones peligrosas para todos. Pero si fuesen estos los únicos individuos que están en peligro ni siquiera me habría sentado a escribir esto. Sin embargo, lo dramáticamente cierto es que cualquier persona que se suba a una bici puede hacer todo perfecto, no cometer infracción alguna y acabar muerto en cualquier cuneta. Estos son los que me animan a denunciar la falta de protección y a exigir de nuestros próceres la atención que merecen. De los primeros, sólo decir que el resto de cicloturistas estamos obligados a denunciar sus comportamientos y a tratarlos como los apestados que demuestran ser. Aunque sólo sea por nuestro bien.

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