Mark Cavendish, de Châteauroux a la Historia

El 9 de julio del año 2008 no es un día cualquiera en la historia del ciclismo. Es la fecha que marca el inicio de una leyenda de la velocidad, de una historia de amor con la carrera de las carreras, la Grande Boucle. Ese día, un joven y pequeño sprinter británico, con un estilo poco ortodoxo y alejado del tradicional velocista de gran envergadura, y que ya demostraba su espectacularidad y solvencia en los embalajes, lograba su primera etapa en el Tour de Francia. Ocho años después, el 16 de julio de 2016, Mark Cavendish, sumaba su trigésima victoria parcial en la ronda gala. Una cifra histórica solo superada por un tal Eddy Merckx.

La etapa de aquel día unía las localidades de Cholet y Châteauroux. 232 kilómetros en una clásica jornada de primera semana del Tour, el paraíso de los velocistas. Guion habitual, con fuga en los primeros compases formada por tres franceses, Lilian Jegou (Francaise des Jeux), Nicolas Vogondy (Agritubel) y Florent Brard (Cofidis), que rodaban los más de 200 kilómetros con el pelotón marcando una distancia prudencial que se mantenía siempre cercana a los 5 minutos.

Nicolas Vogondy saltaba del trío a 20 kilómetros de meta. Parecía el clásico movimiento agónico para ser el último superviviente, pero según pasaban los minutos, el gran grupo no conseguía alcanzar al bravo francés, que entraba en cabeza en el último kilómetro con el pelotón pisándole los talones a la desesperada. Era uno de esos finales ya vistos varias veces en los que el escapado obligaba a que el sprint se lanzara con premura para romper el sueño del aventurero del día a menos de 200m de la meta.

Bernhard Eisel encabezaba el pelotón, protegiendo a un Cavendish muy bien situado, pero Vogondy seguía con unos metros de vemtaja. Obligado por la circunstancia, Crédit Agricole buscaba acelerar las cosas con el lanzador de Thor Hushovd, gran favorito tras su victoria en Saint Breuc en la segunda etapa. Curiosidades del destino, quien ejecutaba el lanzamiento para el gigantón noruego era Mark Renshaw. El aussie se convertiría, desde la temporada siguiente, en el inseparable compañero y fiel lanzador del “Expreso de Man”.

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Mark Cavendish, que ya se había ganado un nombre a base de victorias de postín, demostraba ya ser, además de gran velocista, muy hábil a la hora de ver cómo iría el sprint, y decidía lanzar su ataque para tomar la delantera en la resolución final. En un largo embalaje, se situaba en cabeza y dejaba a las claras que nadie podría superarlo, alzándose con suficiencia con su primer triunfo en el Tour. Ni Zabel, ni Freire podían hacerle sombra. Era la primera, no sería ni mucho menos la última.

“Es lo más grande que me ha pasado en la vida, sin duda”, decía Cavs en la entrevista previa al podium.

Así empezaba la historia del mejor velocista que ha visto el Tour de Francia en sus más de 110 años de vida. Un ciclista que, cual ave Fénix, ha vuelto a renacer en este Tour 2016, en el que ya atesora cuatro triunfos (los mismos que conseguiría en aquella edición de 2008). Las irrupciones de gigantes como Greipel o Kittel, y sucesos desgraciados como la caída en la primera etapa del Tour 2014, en Harrogate, en la que soñaba con lucir el amarillo delante de sus paisanos, quedan ya olvidadas.

Cuando parecía que Cavendish empezaba a ver cómo se apagaba su luz, ha vuelto con la fuerza de aquel joven que quería comerse el mundo. Ha probado la gloria del amarillo por primera vez, y se ha ganado, aun más, el respeto de aficionados y rivales. Quedan los Campos Elíseos, y, por qué no, el sueño, cada vez menos inalcanzable, de las aparentemente imposibles 34 victorias del Caníbal.

Escrito por:
@VictorGavito

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