Los (nuevos) forzados de la carretera

Rafael Hernández Varas, participará en la Transcontinenntal Race 2016, una prueba que aúna ciclismo, historia, épica y aventura a partes iguales. Nos contará en esta nueva sección de Road&Mud sus experiencias en la carrera. Como introducción a lo que está por venir, publicamos este interesante artículo de su cosecha.

TCR6

Existen fantasistas que se tragan ladrillos y otros a ranas vivas. He visto faquires que “escupen” plomo fundido. Son personas normales. Los verdaderos chiflados son algunos iluminados que el 22 de junio abandonarán París para comer polvo. Los conozco bien; formo parte de ellos”.

Noventa años después de que Albert Londres escribiese su famoso libro sobre el Tour de Francia de 1924, nuevas formas de locura han brotado en el ciclismo. Quizá sea la reacción natural a la agonía de un deporte abrumado por los escándalos de dopaje o la inmerecida fama de aburrido (¡cuánto daño ha hecho la equiparación del Tour de Francia con la siesta!). Lo cierto es que están surgiendo distintos tipos de competición en bicicleta. Más allá de las consabidas y populares ciclomarchas, unos redivivos forzados de la carretera se abren paso en carreras que rozan la locura, que conllevan peligro, pero que, ante todo, rezuman épica de tiempos pasados.

La Transcontinental Race, o TCR, es una de esas carreras donde se vuelve a los inicios del ciclismo: una competición de unos 4000 kilómetros que cruza Europa de oeste a este. La ruta varía en cada edición, pero la esencia permanece. En 2016 la salida tendrá lugar en Geraardsbergen, Bélgica, la localidad donde se encuentra el mítico muro Kapelmuur, que se sube en el Tour de Flandes. La meta está ubicada en Çannakale, ciudad turca donde se cree que tuvo lugar la batalla de Troya. Las reglas son sencillas: el reloj no se para nunca, los corredores no pueden contar con apoyo externo y no hay premio para el vencedor. Sólo se corre por el honor. Se pierde, por tanto, el glamour del ciclismo profesional. No hay azafatas en el pódium (ni siquiera hay pódium), no hay avituallamiento, no hay mecánicos que cambien ruedas rápidamente, no hay auxiliares con geles de rápida asimilación, no hay ganancias marginales. Lo único que hay son un montón de tipos dando pedales hasta caer exhaustos, en jornadas de más de 300 kilómetros diarios, que tienen arreglárselas por sí mismos para encontrar comida, alojamiento, o para reparar problemas mecánicos.

El reto no es sólo para los corredores. En términos organizativos, es complicado controlar a 350 personas repartidas por toda Europa. Por ello, y dado que cada ciclista elije su propio camino, existen varios puntos de control por los cuales todos los participantes tienen que pasar obligatoriamente. Normalmente, la ubicación de estos “checkpoints” suele estar en lo alto de puertos importantes para la historia del ciclismo: en anteriores ediciones se han subido cimas tan míticas como el Passo Stelvio o el Mont Ventoux. En la edición de 2016 se subirán, entre otros, el volcán Puy de Dome, en el macizo central francés, o el Furkapass, en los Alpes suizos.

Por otra parte, cada corredor lleva consigo un track GPS, que lanza una señal de ubicación cada cinco minutos. De ese modo los organizadores pueden controlar a distancia el recorrido de los ciclistas, detectar algún posible problema y evitar trampas. Además, este GPS sirve para que los interesados en la carrera, normalmente amigos y familiares de los corredores, puedan seguir su evolución. Sin cobertura de prensa ni, por supuesto, televisiva, la única manera de seguir el desarrollo de la prueba es a través de la señal que manda el GPS a una página web y que se traduce como puntos naranjas moviéndose muy, muy lentamente en un mapa de Europa. El público de este tipo de competición también es peculiar: aficionados al cliclismo-aventura que mientras trabajan o están de vacaciones le echan un vistazo al ordenador para ver cómo se van moviendo los puntos. En foros especializados se crean hilos ad-hoc donde se van comentando las impresiones de lo que está ocurriendo y cada uno imagina qué puede estar haciendo cada corredor.

TCR2

La organización estima que 15 días son suficientes para un reto de estas características y pasado ese tiempo, organiza una fiesta en el bar donde se encuentra la meta. Aquellos que han sido capaces de sortear lesiones, esquivar perros, evitar caídas y arreglar las averías mecánicas, tienen cerveza gratis en la fiesta de los “finishers”, donde se comparten historias y anécdotas: uno cuenta cómo los agentes fronterizos le hicieron darse una ducha antes de dejarle entrar en Kosovo; otro, la historia del pasaporte olvidado en un restaurante y la epopeya para recuperarlo; un tercero, la amabilidad de la gente que se iba encontrando por el camino.

Aquellos que no han podido completar el recorrido en ese plazo de 15 días, consiguen igualmente el título honorífico de “finalizador”, pero no tienen cerveza gratis. No importa demasiado, porque aquí lo importante es, rememorando el viejo lema olímpico, participar. El afán por la aventura, por lo desconocido y el poco reconocimiento que proporciona un carrera así, atrae a personas que no se mueven por el ego.

Pero ni todos los hipotéticos problemas a los que un corredor se puede enfrentar son suficientes para desanimar a estos locos del ciclismo. Al contrario: para la edición de 2016, la cuarta, se presentaron unas 1000 solicitudes de admisión. Algo más de 300 se darán cita estará en la salida de Bélgica, dipuestos, como los pioneros del ciclismo, como esos forzados de la carretera de los que hablaba Albert Londres, a comer polvo y a celebrar cada minuto encima de la bicicleta.

Escrito por:

Go Rafa Go

Un comentario de “Los (nuevos) forzados de la carretera

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *