Las rampas del más difícil todavía (PARTE II)

Famoso es, dentro de la jerga ciclista, el dicho de que “las carreras no las hacen duras los recorridos sino los corredores”. Aún así, todavía quedan aficionados, sobre todo entre el gran público que se asoma al ciclismo coincidiendo con las grandes rondas por etapas, que piensan que son los perfiles altimétricos los que marcan el discurrir de estas carreras. Aprovechándose de esto, algunas organizaciones de carreras, cuando descubren algún puerto con rampas de inusitada dureza, lo incorporan a su recorrido para ganarse los favores mediáticos y la expectación de estos aficionados.

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Hace ya once años, a propósito de una ascensión a Zoncolan durante el Giro de 2.003, el periodista Chema Rodríguez escribía estas palabras: “Está más que demostrado que las etapas rematadas por puertos de rampas impresionantes sólo sirven para que un grupito del coro ruede por delante del pelotón permitiendo que los solistas regulen para llegar al pie del puerto con las reservas intactas. La primera parte de la mitificada subida, normalmente la más suave, se sube al tran-tran y sólo cuando no quedan coronas a las que llevar la cadena se produce el ataque del más fuerte. En esas circunstancias, rodando a menos de diez kilómetros por hora, las diferencias en la cima suelen ser exiguas. Desde luego, mucho menos trascendentes que las que se darán en cualquier contrarreloj, prueba en la que la dificultad no la marca la carretera sino las reales fuerzas de los ciclistas”.

Y añadía más tarde el propio Chema:”La dureza del ciclismo está más en el desarrollo que se mueve y en la cadencia del pedaleo que en la inclinación de la carretera. Un diente de plato o de piñón endurece cualquier rampa sin necesidad de tener que buscar montes de cabras. Eso tenía su justificación cuando el ciclismo prehistórico de una sola corona, en el que era la dureza de la carretera la que marcaba la pauta de la batalla. Hoy en día, con veinte velocidades disponibles, cualquier terreno es bueno para romper la carrera”.

Otro tema es que estas organizaciones ciclistas nos intenten vender sus carreras como el no va más por incluir este tipo de rampas que, como ya comenté en el artículo anterior, carecen de larga tradición en las grandes rondas por etapas. Nos intentan presentar esas etapas como el sumum de la dureza, pero luego las diferencias entre los favoritos son muy cortas, llegando incluso a defraudar las expectativas de los aficionados. En cualquier contrarreloj, o incluso en cualquier etapa de montaña con menores porcentajes en sus rampas, las diferencias obtenidas entre los favoritos son mucho mayores. Estrategia totalmente legítima por parte de los organizadores  desde el punto de vista de marketing de sus carreras. Gran repercusión mediática a la que se añade que, al no establecerse diferencias definitivas entre los favoritos, la emoción de quién será el vencedor se mantiene hasta el final. Pero esto es reducir el ciclismo a un ciclismo pancartero, a un ciclismo de YouTube. Olvidar la tradición histórica de los grandes encadenados de puertos, con mucha menos pendiente, pero donde se podían establecer diferencias. Diferencias que al día siguiente podían ser recuperables, porque un trazado similar lo permitía.

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Así a vuela pluma me vienen a la mente el ataque de Hinault a su “compañero” Le Mond en una etapa pirenaica del Tour de 1.986. Tras haber superado el ya olvidado Burdinkurutzeta y Bagargi, con el Col d’Ichere y Marie Blanque por delante, con más de 90 kilómetros de camino hasta Pau, Hinault se fue con Pedro Delgado. Le Mond llegó a la meta de Pau con más de cuatro minutos y medio de retraso, Fignon con más de 11 minutos…Al día siguiente Hinault insistía en sus cabalgadas en una etapa con Tourmalet, Aspin, Peyresourde y Super-Bagneres. Ninguno de ellos supera en ningún momento el 13 por ciento en sus rampas más empinadas. El desfallecimiento de “Le blaireau” y la reacción de Le Mond  nos ofrecían una nueva épica jornada de ciclismo. Qué decir de la etapa con final en Sestriere del Tour de 1.992 con aquellos más de 220 kilómetros de fuga de Chiapucci. O del ataque de la ONCE camino de Mende el 14 de Julio de 1.995. O el paso por el “terrible” puerto de Serranillos en la Vuelta a España de 1.983. Como decía el citado Chema Rodríguez; ese “diente de plato o de piñón” que Hinault pudo arrastrar con soltura, Belda y Lejarreta a duras penas y Julián Gorospe apenas intentarlo. La voluntad y la calidad de los ciclistas. Jornadas las reseñadas en que incluso a las personas no aficionadas a este deporte se les queda un poso de haber vivido un espectáculo excepcional.

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Otro punto a tener en cuenta es la distorsión de los resultados deportivos de las etapas posteriores al paso de las carreras por estos “nuevos” puertos. Sabido es cómo acaban subiendo muchos de los ciclistas que ya no están disputando la etapa. Incluso son los propios ciclistas los que demandan los empujones de los aficionados. Y más de una vez acaban ganando posteriores etapas ciclistas que debían haber entrado fuera de control ese día o haber sido directamente descalificados. La forma de evitar estos casos es tan sencilla como reducir las posibilidades de que se produzcan.

1995 Tour de Francia. Jalabert en Mende. 12ª Etapa.

Y luego también están los límites del propio ciclismo en ruta como deporte. Y es que algunos de los “trucos” utilizados por los profesionales para superar estas rampas recuerdan al ciclismo de antaño, cuando los ciclistas debían descender de sus bicicletas para cambiar de desarrollo. Que todo un profesional del ciclismo no pueda desarrollar toda su fuerza en la ascensión porque la rueda le patina en un piso húmedo y se tenga que centrar más en no caerse que en subir más rápido, es para mi un límite. Que otro recurra a deshinchar ligeramente la rueda para lograr una mejor adherencia, es otro límite. ¿Dónde establecer los límites a estas rampas? Ahí es donde debieran mojarse los técnicos y los propios ciclistas.

Acabaré citando otra vez a Chema Rodríguez: “La diferencia la marca siempre el estado físico y los datos del pulsómetro de cada ciclista en cada momento, no la subida. A este paso, si no se ceja en el empeño de buscar rampas imposibles, borrarán la línea que diferencia el ciclismo de carretera y el mountain bike. Y si lo que se persigue es que los ciclistas acaben echándose la bici al hombro y tirando de piolet, que lo digan, que yo me borro. A mí lo de ver a los ciclistas retorcerse sobre sus máquinas y haciendo eses para no caerse no me pone para nada; más parece una prueba de concurso televisivo que una carrera ciclista”

Un circo diría yo, con el speaker gritando:”Más difícil todavía”.

 Escrito por:
@ranbarren

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