EL GIRO SE PONE ESCATOLÓGICO

Resumen de la tercera semana del Giro 2017

Dumoulin levanta el trofeo de ganador del Giro. Foto: AP

La tercera semana del Giro 2017 ha tenido muy poco ciclismo. Han faltado atrevimiento, piernas y espectáculo. Quintana ha ido de más a menos. Nibali ha sido un fantasma. Lo único que le ha dado emoción a esta semana han sido los problemas de Dumoulin para mantenerse de una pieza.

Etapa 16. Rovetta – Bormio.

En este Giro ha habido más movimiento en los intestinos de Tom Dumoulin que en las montañas llamadas a marcar diferencias. De camino a Bormio había que subir el encadenado Mortirolo, Stelvio, Umbrailpass y luego descender hasta la meta. Todo apuntaba a que si los candidatos querían recortar la amplia ventaja que tenía DumOlano -a quien, además, le quedaba el comodín de la contrarreloj final de Milán- tendrían que moverse de lejos. Ante ese panorama se esperaba que el Stelvio dejase la batalla de Verdún al nivel de una pelea de borrachos. Y más teniendo en cuenta que Movistar, dejando de lado su habitual mojigatería, había enviado por delante a Amador, Herrada y Anacona. Sunweb, en esa lucha táctica, también mandó al babeante Laurens Ten Dam por delante, buen movimiento de protección, pero aun así perdían la mano por tres a uno.

Uno a uno fueron pasando los veintidós kilómetros de ascensión y por más que fijábamos la vista en Quintana, no se movía. Tampoco Nibali. No había noticias hostiles de Pinot, ni de Zakarin, ni de nadie. Calma tensa. Pasaban los kilómetros y nuestra frustración se iba diluyendo entre anuncios de barritas energéticas líderes de venta en Italia, la “cooking revolution” de Sagan -que igual te gana en Flandes, que te hace un magret de pato con coulis de frambuesa- y champú de cafeína -que vaya guarrada, dime tú quién se va a beber eso-. Adormecidos por el espectáculo e idiotizados por la amplia oferta que ofrece la economía liberal, Movistar comenzó a descolgar de manera escalonada a sus corredores presentes en la fuga. “Oh, oh… aquí se va a liar gorda” pensábamos. Ingenuos. Allí no se movió nadie. Qué decepción. A mí se me quedó la misma cara que cuando tu pareja te dice que te tiene preparada una sorpresa y al final, acabas comiendo en casa de tu suegra. Lo habían vuelto a hacer. Se habían vuelto a fumar uno de los puertos y de los momentos más decisivos de una gran vuelta. Como la tendencia siga así, igual que obligaron a los ciclistas a subir con el casco puesto, dentro de nada les van a obligar a subir con cenicero colgando del pescuezo.

Todo siguió igual hasta los primeros kilómetros de ascensión de Umbrailpass. De pronto un trueno retumbó en los Alpes, y luego otro, y otro… se avecinaba una tormenta. Pero no había que mirar al cielo. El atronador sonido provenía de las entrañas del líder. La flora intestinal de Dumoulin inició una revolución que apunto estuvo de acabar en tragedia. El holandés, goterón de sudor frío atravesando su rostro, lanzó su bicicleta, el casco y se deshizo del maillot como si fuese Superman y estuviese en una cabina de teléfonos. Una vez descubierto el pastel -perdonen la imagen tan gráfica- la realización nos ahorró la dantesca imagen de ver a Dumoulin poniendo un nuevo punto kilométrico en el Umbrailpass, un mojón en la carretera. La RAI pinchó la imagen de los que iban por delante y, al ahorrarnos las imágenes de la siembra de Dumoulin, tuvo el que puede haber sido su único acierto en estas tres semanas de imágenes y referencias confusas y locas. Hemos criticado mucho a la Vuelta y otras carreras españolas como la Volta a Catalunya, pero si hay alguien en el mundo capaz de superar nuestra cutrez y nuestra campechanía a la hora de hacer las cosas, ese alguien son nuestros vecinos los italianos.

Después de que Tom Dumoulin aliviase su pesar en un prado de los Alpes, los de delante decidieron esperar un poco, pero no lo suficiente como para que el holandés contactara con ellos. Algo parecido a un ataque de Zakarin sirvió de excusa para que el Team Bahrain de Nibali, Pellizotti mediante, pusiese un ritmo vivo en cabeza, algo que no había ocurrido en los casi 200 kilómetros que se llevaban disputados de etapa. Nibali veía cerca el rosa del Giro y apostó con fuerza hasta el final. Quintana se limitó a seguir la rueda de Nibali. No lanzó ni un solo ataque. Daba la sensación de que Movistar no quería aprovechar la ventaja que se les había presentado en carrera. Junto a la pareja de favoritos subieron, con mucho esfuerzo, Zakarin y Pozzovivo. Delante de ellos había coronado el último superviviente de la fuga, Mikel Landa. Dumoulin perdía entre un minuto y dos minutos y medio. Las cosas del GPS del Giro, que ha sido quien más emoción le ha puesto a la carrera, muy por encima de los corredores.

Dumoulin para a dejar un poco de él en la cuneta.

En el descenso Nibali consiguió soltar a Quintana, Pozzovivo y Zakarin, que bajan como si estuvieran viendo una película de miedo, y les metió en meta 12″, 24″ y 34″ respectivamente. El Tiburón soltó a Quintana justo cuando llegó a rueda de Landa. Entre los dos se iban a jugar la etapa. En un último kilómetro muy sinuoso, Landa se situó en cabeza sabedor de que tras la última curva apenas había terreno para remontar en el sprint. Desgraciadamente para el alavés, le dejó la puerta abierta a Nibali en esa última curva y el siciliano no perdonó. Vincenzo, como buen italiano que es, aprovechó el regalo y se llevó la etapa, además de un cuantioso botín de tiempo. A los ya mencionados hay que sumar el 1’35” que perdieron Pinot, Jungels, Mollema… y los 2’18” que se dejó el líder en la línea de meta. Dumoulin conservó el jersey de líder por medio minuto pero se había dejado su amplia diferencia en un apretón. Aún le quedaba la hipotética renta que iba a obtener en la crono final pero de pronto, por un retortijón funesto, se le había complicado el Giro. En una etapa en la que los favoritos no ofrecieron mucho, los que más sufrieron fueron Dumoulin y, sobre todo, la badana de su culotte.

Etapa 17. Tirano – Canazei.

Tras un recorrido exigente como el del día anterior, el pelotón se tomó el día libre y dejó que fuesen los fugados los que hicieran el trabajo ante las cámaras de la RAI. Pavel Brutt (Gazprom), que ha estado todo el Giro escapado y ni siquiera ha rozado la victoria, Mateij Mohoric (UAE) y Pierre Rolland (Cannondale) se fueron hacia delante en los primeros kilómetros de etapa. Un grupo enorme salió en su persecución: vueltómanos venidos a menos como Rui Costa, Tejay van Garderen y Maxime Monfort; abnegados gregarios en busca de una oportunidad como Rory Sutherland, Salvatore Puccio o Fran Ventoso; algún que otro joven con futuro como Valerio Conti, Julen Amezqueta o Laurens de Plus; ganadores de etapa en este Giro, Jan Polanc, Gorka Izaguirre y Omar Fraile; y una larga nómina de mercenarios de la escapada, ciclistas acostumbrados a buscarse la vida más allá del pelotón como Daniel Teklehaimanot, Jan Bàrta, Dries Devenyns, Matteo Busato, Jacques Janse van Rensburg o Enrico Barbin.

Cuando el trío inicial fue atrapado por el grupo perseguidor, Pavel Brutt se descolgó, Rolland se resguardó a cola del grupo con la ayuda de su compañero Michael Woods y a Mohoric le tocó currar como una bestia; para acercar la victoria a su compañero Rui Costa y para arañar minutos al reloj en favor de Jan Polanc que llegó a ser líder virtual del Giro.

A falta de unos veinte kilómetros para la llegada, cuando Mohoric acabó desparramado en un repecho por el esfuerzo realizado en la etapa, Omar Fraile fue quien comenzó la fiesta de ataques y movimientos. El equipo de Emiratos Árabes intentaba controlar la escapada para que Rui Costa se llevara el premio o bien en el sprint, o bien con uno de sus habituales navajazos directos al corazón de sus compañeros de fuga. Lo que pasa es que Rui Costa racanea todo lo que puede y más allá. En uno de los ataques, ya con el grupo bastante reducido, su compañero Valerio Conti, después de haber salido a dos o tres ataques seguidos, le tuvo que poner la cara colorada para que el portugués , que iba cómodamente a rueda, terminase de cerrar un hueco nimio que se había abierto. Rui Costa agachó la cabeza y tiró los metros suficientes como para neutralizar, ni uno más.

A ocho de meta, Pierre Rolland atacó en un momento de parón. Se marchó en solitario y aprovechó los últimos cinco kilómetros, que picaban para arriba, para consolidar su ventaja e imponerse en la meta de Canazei donde levantó su bicicleta para celebrarlo. En el sprint del grupo se impuso Rui Costa, a quien se le volvía a escapar la victoria de etapa. El portugués ha perdido un poco de destreza en el robo con arma blanca pero seguro que vuelve a hacer alguna de las suyas en el futuro.

Etapa 18. Moena – Ortisei.

Otro etapón impresionante. Corto pero con cinco subidas aunque solo la primera, el passo Pordoi, era de verdadera entidad. Aun así, una etapa para haber hecho un destrozo y darle un vuelco a la general.

Movistar volvió a copiar la estrategia de este Giro y envió a hombres por delante. Faltaba por saber si los utilizaría de una vez o no. La intención de Movistar todo este Giro ha sido buena pero luego no ha terminado de culminar lo empezado y no se han atrevido con el ataque lejano de Nairo. En Gardena, el puerto destinado a ser el escenario de los ataques lejanos, Amador y Anacona se descolgaron y Quintana atacó a tres kilómetros de la cima para, una vez hecho el cambio de ritmo, subir al ritmo de sus compañeros. La consigna desde el coche de Movistar es clara: “que no le dé el aire a Nairo”. Nibali, desconocido y desdibujado todo este Giro, siguió el ejemplo de Quintana y también se movió a poco más de un kilómetro para coronar y, el mismo trabajo que le hicieron los suyos a Nairo, se lo hizo Cataldo al Tiburón, que para eso fueron compañeros hasta el año pasado en Astana y esas cosas no se olvidan. Pero como, aunque lejanos, los ataques fueron muy cerquita de la cima del Gardena, fueron neutralizados por Dumoulin justo arriba. Movistar quiso sacar rédito con lo mínimo y no lo consiguió. Quizás debieron intentar romper el grupo desde el comienzo del puerto. Se la jugaron con una única bala y esta resultó ser de fogueo. Una vez neutralizado el intento lo pospusieron todo a un mano a mano en Pontives, el puerto que precedía a la llegada a Ortisei.

En Pontives los ataques no llegaron a ningún sitio. Dumoulin acabó con todos con suficiencia. De hecho, como ya hiciera en Oropa, se permitió el lujo de atacar cuando atrapó a Quintana como si fuese el matón del patio del colegio. Esas cosas merman mentalmente al rival.

Una vez coronado el puerto había que llanear hasta Ortisei, donde había un muro bastante duro. Mientras Dumoulin, Quintana y Nibali se vigilaban, el resto de hombres importantes fueron saltando uno a uno, Pinot el primero. Cada uno de los tres más fuertes intentaba hacer ver a los otros dos que no era cosa suya salir a cerrar esos ataques. Y como nadie se movió para tapar agujeros pues les cayó un minutito muy rico en la línea de meta a los tres. Después a Dumoulin se le calentó el pico y dijo que ojalá que Nibali y Quintana se quedasen sin podio por racanear de esa manera. Vaya por dios, no le molestaba tanto cuando racaneaban en el Stelvio. Al día siguiente Nibali afirmó que el holandés debería ser menos prepotente… “pa chulo, mi Pirulo”. Lo que decía, ha habido más ataques fuera de la carretera que en ella.

En la lucha por la etapa, la numerosa fuga quedó reducida a un duelo a dos entre Mikel Landa y Tejay van Garderen. Landa volvió a ser excesivamente generoso en la última subida y se olvidó de descolgar al americano. Cuando llegaron al sprint, Van Garderen se dio cuenta de que, después de tantas decepciones, no le vendría mal una alegría y, como ya hiciera Nibali dos días antes, fue más rápido y más listo que un Landa que no aprendió de sus errores y que, por eso mismo, volvió a ser segundo. Si Landa quería ganar una etapa iba a tener que llegar en solitario. Al día siguiente tendría una nueva oportunidad.

Quintana, Dumoulin y Nibali entran de la mano en Ortisei. Foto: LaPresse. Gian Mattia D´Alberto

Etapa 19. San Candido – Piancavallo.

Según informaba la RAI, los opositores de Tom Dumoulin aprovecharon una parada para ir al baño de Tom para atacarle en el largo descenso que conducía al pelotón hasta la sella Chianzutan. Las redes sociales hervían criticando la legal pero poco elegante maniobra. El Giro de Dumoulin parecía irse por el retrete sin que ni siquiera el holandés lo hubiese visitado. Qué maniobra tan fea, tan llena de maldad como de inteligencia. Quintana y Nibali, incapaces de vencer al neerlandés en el mano a mano tenían que recurrir a tretas más propias de los bajos fondos, de los rateros del hampa, que de las heroicas estampas del ciclismo épico. A la conclusión de la etapa, ya con todas la vestiduras hechas jirones y con los veredictos de culpabilidad emitidos sin ni siquiera haber escuchado a todas las partes de este pleito, Tom Dumoulin atendió a la prensa y vino a confirmar lo que ya sabíamos: que somos unos bocas, unos hartibles y que primero disparamos y luego preguntamos como si fuésemos un policía cualquiera de un estado cualquiera del sur de Estados Unidos. Lo que Tom vino a decir es que no se había descolgado por pararse a, como decía mi abuela, orinar, sino que había cometido un error de principiante y le habían pillado mal colocado en el pelotón. En dos frases el holandés hizo saltar por los aires toda la teoría de la conspiración que nos habíamos montado. Pero mira, puede que fuese falso, pero ¿y lo que entretuvo este juego de especulaciones y crucifixiones precipitadas? Y erre que erre, más espectáculo fuera de la carretera que en ella.

Lo que sí que no pudo evitar Dumoulin fue pegarse un calentón de cuarenta kilómetros persiguiendo a Quintana, Nibali y Pinot. Carrera a fuego desde el principio. El líder a pesar de la situación tan desfavorable que se le planteaba no perdía la calma como si dijese: “después de cagar delante de todo el mundo, ya me da todo igual. C´est la vie”. Por supuesto que el GPS contribuyó, un día más a crear incertidumbre con sus referencias tan cambiantes como el tiempo de Bélgica. Ese aparato infernal nos ha hecho añorar el arcaico método de la tiza y la pizarra. Por suerte para Dumoulin y para su defensa del liderato aparecieron el Trek de Mollema, un experto en defender los últimos puestos del Top10, y Orica, que buscaba seguir en la carrera por el maillot blanco de mejor joven con Yates -Jungels, su rival, iba en el grupo de delante-. Con eso y con lo que pudieron ofrecer sus compañeros de equipo, que han hecho un Giro dignísimo cuando nadie daba un duro por ellos, dejaron a Dumoulin a unos pocos segundos de sus rivales a pie de Chianzutan. Ya allí fue el propio DumOlano quien asumió la responsabilidad de la persecución ayudado, cómo no, por Adam Yates. Finalmente pudieron entrar en el grupo de favoritos y en ese momento la etapa entró en coma. Setenta kilómetros de tregua hasta las faldas de Piancavallo, un puerto que resultó ser más duro de lo que en principio parecía.

Desde que se empezó a subir, Dumoulin no andaba bien colocado en el grupo. ¿Era un farol del neerlandés, no tenía fuerzas para aguantar el ritmo de los favoritos? Pronto lo supimos. A falta de diez kilómetros para la meta, el jefe de filas de Sunweb no pudo aguantar el ritmo que marcaba Pellizotti, siempre Pellizotti en esta última semana, y cedió unos metros. Se mascaba la tragedia. Olía festival de ataques. Pero no. Dumoulin se quedaba y nadie se atrevía a cambiar de ritmo. Ni una mirada extraña, ni un gesto de júbilo… parecía que en vez de descolgarse el líder se había cortado Greipel. Los favoritos, viendo la evidente debilidad del líder decidieron seguir peleando por el Giro a rueda de Pellizotti. “A tu rueda nos encomendamos, Franco”. Pocas veces como en la época actual han sido tan importantes los gregarios. No solo tiran y trabajan para sus líderes, sino que ya atacan por ellos y les hacen el trabajo incluso en los momentos en los que los líderes de equipo tienen que mojarse. Lógico que las escuadras no quieran que se reduzcan a ocho el número de corredores por equipo en las grandes vueltas.

El primero en probarlo fue Pinot, a falta de cinco kilómetros, cuando hacía otros tantos que se había descolgado Dumo. Nadie salió a su rueda. Eso hubiese sido mucho riesgo. Había que guardar fuerzas, que todavía quedaban dos etapas de Giro. Tras el movimiento de Pinot, y después del esperado paripé, el clásico espectáculo de miradas, de juegos psicológicos de tiras y aflojas, llegaron los ataques de otros ciclistas. Ataques sin convicción y sin piernas, siempre mirando hacia atrás, con más ganas de ser atrapados y levantar el pie que de abrir hueco y seguir hasta arriba a fuego. Los favoritos llegaron a meta en una horquilla de 20″. Dumoulin, que recordemos había perdido contacto a diez de meta, lo que en una carrera normal termina suponiendo una minutada, se dejó solo poco más de un minuto y perdió el rosa, en favor de Quintana, que se vistió de líder justo el día que menos hizo por conseguirlo. Un liderato pírrico, puesto que si quería ganar el Giro, debería abrir más hueco con el holandés. Dumoulin tiene mucho que agradecer a la banda de perdonavidas con la que ha competido estas tres semanas.

En la fuga, numerosa como cada uno de los días de esta última semana, Deignan y Sebastián Henao hicieron un buen trabajo para Mikel Landa. Antes de llegar a Piancavallo, con la escapada ya muy seleccionada, Luis León Sánchez atacó con la esperanza de coger una ventaja que le permitiese manejarse ante escaladores superiores. No hubo manera. Primero le dio caza Rui Costa, pero sin suerte para el portugués porque por detrás emergió la figura de Mikel Landa que le amargó una nueva posibilidad de triunfo. El alavés no tardó en superarle y en abrir el hueco suficiente como para evitar sorpresas desagradables. Tras un Giro en el que tuvo que reinventarse, Landa encontró al fin el premio de la victoria de etapa. Esa búsqueda incesante del triunfo parcial le ha reportado también el maillot azul de mejor escalador de la prueba. Y ahora, viendo su rendimiento y el de los demás, uno se pregunta ¿podría haber ganado el Giro Mikel Landa de no haberse ido al suelo el día del Blockhaus? No lo podremos saber. Lo que está claro es que este Giro del centenario no lo ha ganado.

Etapa 20. Pordenone – Asiago.

La última oportunidad para meter más tiempo a Tom Dumoulin antes de la contrarreloj llanísima de Milán. Subida al monte Grappa y luego, la última ascensión de esta edición de la ronda italiana, Foza. Tras eso quince kilómetros de falso llano hasta la meta.

Katusha quiso demostrar en el monte Grappa que, aunque no lo pareciera, había venido al Giro. Puso un ritmo fortísimo, primero con Vicioso y con Losada y luego con Mamykin. El ruso redujo el pelotón al mínimo y Zakarin puso en órbita a los pocos que quedaban. Sudaron de lo lindo para no perder comba, especialmente Dumoulin. A duras penas pudieron aguantar la primera bola de set lanzada por Soyuz. Por momentos parecía que se iba a liar una buena zapatiesta. Tras coronar todos sin ayudantes, decidieron levantar el pie esperando la llegada de refuerzos. Con cierta calma fueron buscando la última dificultad montañosa de la carrera.

Ya en Foza, donde fueron atrapados Dylan Teuns y Dries Devenyns, últimos supervivientes de una fuga compartida con Tom-Jelte Slagter, Maxim Belkov, Matthieu Ladagnous y Filippo Pozzato, fue Nibali el primero en intentarlo, pero su ataque fue respondido por Quintana a rueda de su compañero Víctor de la Parte -“que no le dé el aire a Nairo”-. Zakarin, que tenía el día jacarandoso, sacó su Kalashnikov, llenó de plomo a sus rivales y se marchó junto con Pozzovivo. Poco después vino el ataque de Quintana. Nibali vio la oportunidad y se fue con el colombiano en persecución de Soyuz y del Ingeniero de Ag2r. Pinot y Dumoulin perseguían a Quintana y Nibali. Un último cambio de ritmo de Pinot le sirvió al galo para contactar con los dos grandes aspirantes. Dumoulin se quedó a dos bicicletas, tres como mucho, de enganchar. Así coronaron Foza. En la pequeña bajada Nibali condujo a su trío hasta Zakarin y Pozzovivo que descendían como dos viejas agarrándose al bordillo de una piscina. Hubo un pequeño parón. A Quintana le costaba ponerse a tirar de verdad y estuvo a punto de que se le saliera el codo pidiendo relevos. Pero la verdad es que todos escatimaron esfuerzos. Hasta que al final encontraron la manera de colaborar. Algo tuvo que decir la moto de la RAI que se empeñaba en sacar primeros planos del corredor que tiraba en este quinteto. Por contra, del grupo de Dumoulin solo podíamos ver planos desde el helicóptero o del ciclista que iba cerrando el grupo. Pero el favorito para el triunfo final encontró la colaboración de Jungels, a quien le va a tener que enviar un bonito christma estas navidades.

Quintana, consciente por fin de lo que se jugaba, hizo el último kilómetro a tope. En la llegada Pinot se impuso a los otros cuatro demostrando que probablemente sea el más rápido de los no rápidos. El grupo de Dumoulin se dejó finalmente 15″ de nada. El holandés conseguía llegar a Monza como máximo favorito a la victoria final.

Etapa 21. Monza – Milán (CRI).

La clasificación de cara a esta contrarreloj llana de treinta kilómetros era la siguiente:

Quintana 90h00’38”
Nibali a 39″
Pinot a 43″
Dumoulin a 53″

Aunque la lógica decía que Dumoulin sería el ganador, cualquier cosa podría suceder. Un mal día del holandés podría dejarle sin Giro. Todo dependía del rendimiento de cada uno en la crono. Poco tardó en decepcionar Thibaut Pinot que volvió a hacer una mala contrarreloj. El francés ha mejorado en esta disciplina pero en este Giro ha enterrado bajo el reloj todas sus opciones de hacer podio. Tras la mala contrarreloj del líder de FDJ, quedaba por saber cómo se repartirían los cajones del podio. En el segundo punto intermedio DumOlano ya había mejorado a Nibali. En la meta también recuperó el tiempo que tenía perdido con Quintana y se proclamó campeón del Giro´17 por tan solo 31″. El segundo puesto fue para Nairo Quintana. A Nibali, a pesar de hacer una buena contrarreloj, le faltaron 9″ para desbancar a Quintana.

Quintana, Dumoulin y Nibali en el podio de Milán

Bob Jungels no tuvo problemas para arrebatarle el maillot blanco de mejor joven a Adam Yates, objetivo que muy probablemente habría logrado el británico de Orica de no haberse caído junto a Landa y Thomas en el Blockhaus.

La etapa fue para Jos van Emden que había tenido una última semana muy tranquila. El holandés de Lotto Jumbo llevaba ya tiempo mereciéndose una victoria contra el crono en una grande. Han sido ya varias ocasiones en las que ha visto como otros eran los que se llevaban la gloria y él se quedaba cerca. Por fin ha conseguido algo que es muy difícil de lograr, como buena cuenta de ello dieron sus lágrimas de emoción.

Esperemos que el Tour salga mejor de lo que ha salido este decepcionante Giro, una carrera que por lo general suele deparar espectáculo y en la que más de uno ha tenido que usar el champú de cafeína de Alpecin para no quedarse dormido. Este año no ha podido ser. Este año se han impuesto el miedo y la falta de fuerzas. Habrá que esperar al próximo Giro para volver a disfrutar de lo que esta carrera suele brindar.

Escrito por:

@AbdonRV

 

 

 

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