El desierto de los héroes. Primera entrega

A lo largo de las próximas semanas desde R&M junto a Asier Sobera, os acercaremos la historia de como el ciclismo puede ayudar a cambiar la vida de las personas, este sueño para muchos se hace realidad gracias a la fundación Cris Contra El Cáncer y la dura carrera Titan Desert. Esperemos que disfruten con esta primera entrega.

El desierto de los héroes

Imagina un padre. Uno cualquiera: de la calle, de oficina, de pasear con sus hijos los domingos por la tarde. De los que siempre terminan comprando golosinas a la enésima súplica de sus hijos. ¿Lo tienes? Imagina que tiene una hija pequeña, como todo padre que se precie. Una hija que podría llamarse, por ejemplo, Isabel. Pongamos que Isabel tiene seis meses. Ya gatea: empieza a subirse a los sofás y a la vida. Se sube a las sillas como quien se encarama a un árbol para descubrir lo nuevo.

Imagina, lo típico, que un día Isabel se despierta con fiebre. Su padre lo toma como algo normal -gajes del maravilloso oficio de padre-, le da una dosis de Dalsy y le canta una nana para que se duerma. Pero la fiebre no se va y permanece unos días. Sus padres la llevan al hospital, por si acaso. Por si acaso -repiten los médicos- haremos pruebas para descartar que no sea nada grave. Descartar, qué verbo tan feo, piensa su padre. Qué premonitorio. Y, efectivamente, con toda la suavidad de la que son capaces, los médicos explican que Isabel tiene leucemia.

Imagina un calvario de meses de quimioterapia. Con un período de reclusión en el que Isabel no puede salir de su habitación y nadie que no esté debidamente esterilizado puede tocarla. Luchando contra un miserable 15% de posibilidades de sobrevivir. Imagina almas rotas.

E imagina ahora que, tras mucho sufrimiento, Isabel se cura. Se desborda la alegría: felicitaciones a los médicos y cantos de amor a la vida. Pero cuando la euforia pasa y se restaura la normalidad, el padre de Isabel encuentra un momento para pensar en todos los niños que ha conocido en el hospital y que no han logrado superarlo. Se lo merecían tanto como Isabel. Lucharon tanto como todos, hasta la última sonrisa que fueron capaces de emitir. Y siente, en lo más primario de su ser, que debe hacer algo para que la vida de esos héroes caídos no sea en balde.

Pues imagina que un día este padre va al colegio a dejar a su hija Isabel, ya curada. Se cruza con otro padre de la clase, al que conoce de saludarle y charlar brevemente en los pasillos del colegio. Como cualquier día, los dos padres se disponen  a hablar del tiempo, de los deberes de sus hijas y del tráfico de Madrid mientras andan hacia sus respectivos coches. El padre de Isabel va escuchando al otro, que empieza a hablar de su pasión por la bicicleta, de su grupo de amigos con los que sale en bici los domingos, de que ahora quieren ir a correr una carrera por el desierto, en Marruecos, la más dura del mundo -le cuenta, emocionado-, se llama Titan Desert, y el caso es que  nos gustaría correrla por alguna causa que valga la pena.

Y ahí, en el recibidor de un colegio de Madrid, todo hace clic.

Esto no hace falta que lo imagines porque, como el resto de la historia, es la pura verdad: de esa conversación nació la historia que llevó a siete amigos a cruzar el desierto del Sahara en el mes de Mayo. Montados en una bicicleta. Pedaleando por la vida de los niños que encontraron su puesto en el cielo antes de tiempo. Peleando para que no vuelva a pasar más. Nunca más.

 

Primer capítulo. Un padre enamorado

Dani Guerrero (39 años) es el padre de nuestra historia, el padre de Isabel Guerrero, nuestra Isabel. Trabaja como gestor de empresas, está enamorado de su mujer y la vida le iba perfectamente hasta que el 7 de Marzo de 2014 recibió la peor noticia que pueda recibir un padre: Isabel, su primera hija, padecía leucemia con sólo seis meses de edad. Un tipo de leucemia muy agresiva llamada leucemia mieloblástica aguda. Los médicos, cómo siempre hacen

en estos casos, les dieron un porcentaje y una promesa. El porcentaje era el 15%, una maldita estadística que oculta una verdad brutal: muy pocos niños sobreviven a la leucemia mieloblástica aguda. La promesa fue la de emplearse a fondo, por mucho que fuera su trabajo. La de entregarlo todo -noches en vela y lágrimas incluidas- por salvar a Isabel. 

El 23 de Junio Isabel está curada. Pero en el camino, Dani ha visto cosas que nunca olvidará. “Conocí a Lucía, una niña de nueve años. Lucía era una niña extraordinaria. Tenía el mismo tipo de leucemia que Isabel. Era muy lista y tremendamente simpática. Luchó muchísimo, todo lo que pudo, pero no lo consiguió”. En ese momento, en el alma

de Dani nace una pregunta sencilla que terminará en conflicto existencial: “¿por qué Isabel sí y Lucía no?”

Es un maldito sorteo. Unos lo consiguen y otros no. Yo he ganado ese sorteo. Pero me siento culpable de haberlo ganado… Y es contradictorio, lo sé, porque no deja de ser la mejor noticia de mi vida. Pero por otro lado siento, absurdamente, que hemos robado esa plaza a otros niños que también merecían curarse. Y eso me  quema. Cuando veo a los padres de esos niños, me quema todo. Y ahí empecé a sentir la necesidad de hacer algo: no podía vivir con la idea de que la vida de esos niños que murieron luchando cayera en saco roto. Sentía que les debía algo Y, obviamente, tampoco podía convivir con que eso siguiera pasando”.

Son muchos niños que no merecieron morir. Muchos recuerdos en la cabeza de Dani. Muchas preguntas. Muchas noches sin dormir. Y el deseo irrefrenable de hacer algo para redimirse.

Y en esa búsqueda por hacer algo por esos niños, Dani se encontró con la Fundación Cris y con Israel Portillo.

 

Segundo capítulo. Fundación CRIS: la última esperanza

Nadie está preparado para tener un hijo con cáncer. Para cualquier padre es un tsunami que te supera por todos lados. Por eso existen las asociaciones contra el cáncer.

Te ofrecen, con tacto y sin meterse en tu intimidad, varias opciones de apoyo: voluntarios que hacen compañía a los niños, apoyo psicológico para la familia, actividades extraordinarias para levantar el ánimo de los niños como las visitas de sus deportistas o cantantes favoritos, etc. Pero lo más importante que hacen, como siempre, es invisible a los ojos. El pilar básico de la lucha contra el cáncer, allí dónde empieza todo, es la investigación. Sin investigación, no hay tratamientos ni curas. ¿Y quién financia la investigación? Fundamentalmente las asociaciones contra el cáncer.

La Fundación CRIS contra el Cáncer (CRIS viene de Cáncer Research Innovation Spain) se dedica principalmente a financiar la investigación contra el cáncer. A través de las donaciones de sus socios y de las campañas de captación de fondos, financian numerosos proyectos de investigación contra el cáncer infantil. Su último gran programa de investigación es la Unidad Cris: una unidad para dar una respuesta a aquellos niños que, según la ciencia médica, no tienen alternativa de tratamiento. Bajo el liderazgo del doctor Antonio Pérez, un joven oncólogo español formado en Estados Unidos que ha entregado su vida a la investigación del cáncer infantil, se prevé que la Unidad Cris pueda salvar a uno de cada tres niños sin alternativa de tratamiento.

Dani Guerrero ha conocido la Fundación CRIS contra el Cáncer en la planta de Oncología del Hospital de La Paz, en la que ha sido atendida y curada su hija Isabel. Y la Unidad Cris, como todo proyecto de la fundación, necesita ser financiada. Esa es la primera parte del puzzle. La primera parte de la respuesta a las ganas de Dani de hacer algo por esos niños que no lo lograron.

La segunda parte tiene nombre bíblico y apellido de promesa del Real Madrid.

Tercer capítulo. De cómo cuatro tipos normales soñaron con las dunas

Israel Portillo (42 años) es un tío normal. Uno entre cincuenta mil. O al menos, así lo acredita LinkedIn. Israel es consultor, uno de los 50.000 que, según la red social de trabajo, están registrados en la Comunidad de Madrid. Y a Israel, como a cualquiera, le encanta hacer deporte. Padel, snowboard, bicicleta, natación; lo que le echen. Y cuando sale en bicicleta, lo hace con José Manuel García.

José Manuel, a sus 42 años, invierte la mayor parte de su tiempo en dirigir una moderna empresa de hostelería en Madrid. Hace tiempo que él e Israel son compañeros de pedales. Para matar el gusanillo, se han fogueado en algunas carreras locales de media distancia. Pero con el tiempo empiezan a soñar en grande. Fantasean con la Titan Desert, tal y como haría cualquier buen aficionado al ciclismo. Esa carrera de seis etapas por el desierto con una media de más 100 kilómetros por etapa a 40 grados de temperatura. Una de las más duras del mundo.

Y un día de Noviembre de 2016, ocurre en el Colegio Los Olivos de Madrid el encuentro entre Dani e Israel que ya se ha relatado. El destino dispone sus fichas en el lugar adecuado, le da al play y deja que la cosa fluya. Efectivamente, Israel Portillo Y Dani Guerrero se cruzan. Tras dejar a sus respectivas hijas en clase, empiezan una conversación banal que rápidamente deriva en la gran pasión de Israel por el ciclismo. Dani se interesa: “¿y corréis carreras y eso?” Israel, contento de que le pregunten por ello, le habla de la Titan Desert. Dani, que no se ha subido a una bici desde que tenía seis años, no ha oído nunca ese nombre. Pero sigue escuchando. Y oye algo que le sobresalta: los que quieren ir a la carrera esta -sean quienes sean- quieren apadrinar una causa. Están buscando algo que les impulse definitivamente a ir al desierto a dejarse la piel. Qué suerte, piensa Dani, que yo conozca la causa más bonita del mundo.

Al momento, Dani le cuenta a Israel la historia de su hija Isabel, de su leucemia, de la Unidad Cris, de sus remordimientos, de sus ganas de hacer algo por todo esos niños. A Israel le parece una gran idea. Y cuando días después se lo comenta a José Manuel, este coincide en lo ideal que sería poder apadrinar a la Unidad Cris. Pero si la cosa va a tener dimensiones de proyecto serio y grande, hace falta más gente. Lo primero que piensan es que Dani, en tanto que ideólogo, se sume al equipo que vaya a competir al desierto. En circunstancias normales, lo último que hubiera hecho Dani Guerrero en el mes de Mayo es pedir vacaciones para irse al desierto a correr una carrera ciclista. Pero hace tiempo que Dani no usa la expresión “circunstancias normales”: su hija se curó de un cáncer cuando casi no tenía posibilidades, de ahí en adelante nada puede ser normal. “Una enfermedad así, te cambia la vida. Te hace ver las cosas de otra manera y amar mucho más la vida”. Total, que se sube al carro. Avisa de que no se “ha subido a una bici des de los seis años”, pero que dará todo lo que esté en su mano para ponerse en forma y competir en condiciones.

Ya son tres. Y a José Manuel se le ocurre el nombre de un cuarto mosquetero. Un auténtico Dartagnan. Chema Pascual (34 años), que trabaja en la empresa de José Manuel, es un ex futbolista de Segunda B reconvertido en un maestro de la gestión de equipo en la hostelería. Lidera, organiza, apoya, reparte y se lleva la mejor parte: la de ser ese tipo en la empresa por la que todos darían un brazo sin pensárselo. José Manuel cree que es la persona idónea para sumarse a este equipo de locos que quiere ir al desierto a correr en bicicleta por el cáncer infantil. Pero Chema, de natural impulsivo, loco, valiente; duda. “Me parecía una locura, sobre todo porque yo pesaba 90 kilos y, para entendernos, no estaba en mi mejor momento de forma”. Por suerte, en esta aventura el corazón se ha impuesto a la razón en todas las disyuntivas que han aparecido. “Me lancé. Y la verdad es que la causa que había detrás me ayudó mucho a decidirme”.

Con el equipo ya completado, decide unirse al reto una joven pareja que ayuda en todo lo que puede a la Unidad Cris. Vicente Hernando (30 años) y Patricia Mora (38 años) también son aficionados al ciclismo pero, sin duda, la gran cruzada de su vida es la lucha contra el cáncer infantil, y en cuanto llega el proyecto a sus oídos se apuntan  sin pensárselo. 

Ya están todos. Pero hacía falta alguien más. Alguien que supiera organizar la preparación adecuada para que, en sólo seis meses, todos llegaran en forma a la carrera. Alguien que dominara el juego de platos y piñones como la palma de su mano. Alguien con el carisma suficiente para ejercer de líder, para crear espíritu de equipo y para dar un paso al frente cuando todo parece perdido.

Alguien que ya hubiera corrido la Titan Desert. Y, por encima de todo, alguien que entendiera que, lejos de correr contra el reloj, cada pedalada era un grito de odio y un grito de amor.

Continuará.

En la siguiente entrega podremos leer como amanece en el desierto, la larga travesía de preparación que hay que superar para poder lograr ese amanecer y que hará Pasamontes y sus compañeros de la mano de la fundación.

 

 

Escrito por: Asier Sobera

 

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